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Domingo, 9 de diciembre de 2012
Sobre las conversaciones de paz en La Habana entre las FARC-EP y el Gobierno de Santos

Colombia: Agenda de la esperanza

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El respaldo de nuestras naciones de América, hoy mayoritariamente sujetas a una intención política regida por sentimientos de unidad y cooperación, representa un inestimable voto a favor de este proceso de trascendencia histórica, no solo para Colombia, sino para todo el continente.

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[Img #12991]   Urgido de paz, el mundo de nuestros días transita sin embargo por muy difíciles caminos para encontrar el espacio donde la tolerancia y el diálogo se impongan a la violencia y a la búsqueda de soluciones únicamente en el campo de batalla. Quizás por eso la noticia de más interés para la mayoría de los informadores desde el pasado 19 de noviembre  tenga su origen en un tranquilo recinto al oeste de la capital cubana, donde el Gobierno de Colombia y la más antigua fuerza insurgente de la nación suramericana dirimen, en debate signado por la voluntad de las partes, la agenda que puede poner fin a un conflicto bélico que ya marca sus cicatrices en la piel de dos siglos.


   El propio ambiente que envuelve en una implícita concordia el escenario de las conversaciones, deviene augurio esperanzador. Todos cuantos hemos tenido la oportunidad de asistir cada mañana al momento en que convergen en la entrada del Palacio de Convenciones de La Habana  los representantes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC-EP) y la delegación del Ejecutivo de ese país encargado de la tarea por el presidente Juan Manuel Santos, sentimos que está aconteciendo un proceso trascendental.


   Nadie puede anticipar una certeza a favor del éxito o el fracaso y es sabido que no será fácil poner en acuerdo y conformidad diferencias sobre temas tan relevantes como la cuestión de la tierra y el desarrollo integral en los campos, la participación política, la solución al problema de las drogas ilícitas, la justicia a las víctimas de medio siglo de guerra y el fin mismo del conflicto, pero el saberse el pasado domingo a través de un comunicado conjunto enviado a la prensa que ambas partes anunciaron el acuerdo para realizar un foro sobre los problemas agrarios a celebrarse en Bogotá en diciembre, y que este será un espacio encaminado a "recibir propuestas provenientes de la participación ciudadana de utilidad para la discusión del primer punto de la agenda", uno siente  que la búsqueda de soluciones toma hondura.  


   Las profundas contradicciones prevalecientes en el país suramericano tienen que ser apreciadas a través del prisma del presente diálogo. Los colombianos están sujetos desde hace mucho tiempo a de uno de los más injustos órdenes sociales de nuestra región.


   Según investigaciones realizadas por el profesor cubano Iván Fernández, la dispar distribución de la tierra en Colombia -el 0.4% de los propietarios controla en la actualidad el 61,2% de la superficie agrícola- está íntimamente ligada al origen del conflicto y es base de las desigualdades sociales. Súmese que el país presenta uno de los índices de inequidad más altos del mundo; más de 800 de sus municipios presentan niveles de pobreza por encima del 65 por ciento.


   El rol desempeñado por los Estados Unidos; la producción y comercialización de narcóticos y la implementación de las políticas neoliberales han tenido un alto costo para Colombia.


   Más allá de la tradicional "ayuda" de Washington en la "solución" del conflicto mediante el adoctrinamiento y asesoramiento de oficiales colombianos, la potencia norteamericana no ha perdido la oportunidad de incrementar la presencia de bases y efectivos militares para salvaguardar los intereses de la oligarquía local, como burdo disfraz de la protección de los intereses de sus empresas transnacionales.


   Las desigualdades sociales han aumentado la pobreza, el desempleo, la marginación y la exclusión social, con fuerte impacto en el sector juvenil. De esta manera se ha abierto a miles de jóvenes colombianos la posibilidad de convertirse en narcos, ante la falta de oportunidades.


   El tráfico de estupefacientes ha sido también muy bien aprovechado por los Estados Unidos, al brindar el pretexto perfecto para sustituir un argumento en decadencia: la lucha contra el comunismo, y poner en su lugar uno más novedoso: la guerra contra las drogas.


   Dadas estas realidades es de pensar que el camino hacia la paz en la nación suramericana no será una senda expedita, pero esperemos que la tolerancia y el raciocinio propicien el acuerdo que pueda definitivamente ponerle fin a la violencia que ha segado la vida de decenas de miles de colombianos.


   El respaldo de nuestras naciones de América, hoy mayoritariamente sujetas a una intención política regida por sentimientos de unidad y cooperación, representa un inestimable voto a favor de este proceso de trascendencia histórica, no solo para Colombia, sino para todo el continente.



(*) Orlando Ruiz Ruiz periodista y escritor, es jefe de la Sección Internacional del periódico Trabajadores y colaborador de Canarias Semanal.com.

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