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Miércoles, 9 de noviembre de 2011
"La indignación en Cuba es un sentimiento de muy larga data"

Sí, estamos indignados

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La indignación en Cuba es un sentimiento de muy larga data. Nos indignan las agresiones y las mentiras lanzadas durante décadas sobre nuestro pueblo laborioso y heroico; provocan nuestra justa cólera quienes impiden nuestro comercio soberano con otras naciones y tratan de vencer nuestra resistencia propiciando la escasez de alimentos y medicinas. Estamos indignados contra quienes impiden nuestro legítimo derecho al desarrollo.


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        En una burda alusión al país donde nació, la bloguera "disidente" Dania García expresó hace poco a la prensa extranjera, según lo reseña en su bitácora el corresponsal de BBC Mundo, Fernando Ravsberg, que el hecho de ser el cubano "un pueblo ignorante" ha impedido el surgimiento en la Isla de un movimiento como el de "los indignados".

    

     Como parte del desafinado y exiguo coro contrarrevolucionario que cada día destila su frustración, la internauta Yoany Sánchez pregunta por su parte en Twitter "¿Cuándo vamos a indignarnos públicamente los cubanos? ¿Cuándo vamos a entender que aquí hay miles de razones para indignarse?".

     Desde Miami un trasnochado "cubanólogo", también citado por BBC, trata de explicar por qué no hay indignados en Cuba y dice que "el régimen aún cuenta con la capacidad de mantener fragmentada no sólo a la disidencia sino en lograr que las pequeñas protestas (...) no alcancen una dimensión mayor".

     Ciertamente hace mucho tiempo que los verdaderos cubanos estamos indignados, y ya ha transcurrido más de medio siglo desde que protagonizamos un estallido social sin precedentes en esta tierra. En enero de 1959 barrimos de un tirón con oligarcas y amos externos; pusimos la justicia en su lugar;  institucionalizamos la igualdad sin distingos y propiciamos el acceso a la educación y la cultura hasta el punto de ser hoy el pueblo con el más alto nivel de escolarización de todas las naciones del hemisferio de acuerdo al número de habitantes, según lo reconocen las Naciones Unidas.

   Pero el vivir con la frente en alto y convertirnos en un país culto e insumiso molestó demasiado al vecino de enfrente, acostumbrado a través de la historia a ponernos en el Palacio de Gobierno al tiranuelo que más le conviniera y manejarlo con hilos de dólares trenzados desde la embajada que poco después de haber comenzado el siglo XX y derrotado el colonialismo español en Cuba, nos sembraron en el malecón habanero.

    Cuando nos bombardearon el 15 de abril de 1961, salimos a las calles con nuestros fusiles en alto; indignados enterramos a nuestros muertos tras aquel ataque artero con que nos anunciaban que la invasión mercenaria de Bahía de Cochinos estaba a las puertas; indignados ante tal cobardía, que destruyó en tierra los pocos  aviones que teníamos para defendernos, los enfrentamos y vencimos en menos de setenta y dos horas.

    Indignados nos fuimos a las montañas a enfrentar las bandas de criminales organizadas, financiadas y armadas desde Miami para asesinar alfabetizadores y campesinos que habían tenido por primera vez tierra propia gracias a la Reforma Agraria.

     La indignación en Cuba es un sentimiento de muy larga data. Actos de terror brutales como arrebatar la vida a decenas de obreros y soldados que descargaban un buque francés cargado de fusiles para defender nuestra tierra o asesinar a quienes regresaban felices a su Patria en un avión comercial que fue hecho estallar en pleno vuelo, han encendido hasta el límite nuestro coraje.  

    Como si fuera poca tanta barbarie, el bloqueo económico de los Estados Unidos, tan antiguo como la existencia misma de la Revolución cubana, nos ha impedido disponer de 975 mil millones de dólares necesarios para nuestro desarrollo desde su imposición en 1961; ha provocado escaseces y falta de medicamentos imprescindibles para salvar vidas humanas y ha cercenado el libre comercio y la cooperación de muchas naciones con Cuba. ¿Podremos estar o no indignados?

    No vivimos con holgura placentera; nos molestan escaseces y hasta mala administración, en determinados sitios, de lo poco que tenemos; pero en la mayoría abrumadora de este pueblo existe la convicción de que nada mejor puede habernos pasado que disponer de este sistema de justicia y este Gobierno que en medio de las adversidades que traen consigo las crisis nos pone a salvo del atropello que en otras naciones se cierne sobre los más desposeídos.

    En Cuba los problemas que acarrea el desorden económico del mundo no se resuelven privatizando las riquezas básicas de la nación ni convirtiendo en negocio lucrativo la educación, la salud pública y las garantías mínimas imprescindibles del existir ciudadano. Por el contrario, nuestra seguridad social se ha robustecido en los últimos tiempos con sucesivos incrementos  monetarios a los jubilados que recibían menos ingresos y con el novedoso pago de un salario en su casa a las mujeres imposibilitadas de trabajar debido a la enfermedad crónica de hijos u otros familiares. 

    Nos indignan quienes no son capaces de reconocerlo; provocan nuestra justa cólera quienes hacen el juego a la potencia explotadora y criminal que ampara terroristas y practica ella misma el terrorismo. Nos indignan los mercenarios que ambiciosos y faltos de escrúpulo reniegan de su Patria a cambio de una paga mezquina o de favores del Gobierno que ha impuesto  privaciones de todo tipo a su pueblo. Furiosos nos ponen cada día los que no tienen fe en su tierra.

   

    Sí, estamos indignados, que nadie lo dude. 
 

(*) Orlando Ruiz Ruiz es periodista, jefe de la Sección Internacional del periódico Trabajadores y colaborador de Canarias Semanal.com.

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