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Miércoles, 13 de junio de 2012
A propósito del Día Mundial contra el trabajo infantil

Duro oficio de los niños sin sueños

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Entre las tantas injusticias que caracterizan el panorama social del mundo contemporáneo una de las más lesivas al desarrollo humano es la explotación de los menores. Esta situación solo puede resolverse con una decidida voluntad estatal de desarrollo y protección de la familia, tal como ocurre en Cuba, país donde a pesar de las limitaciones económicas la Organización de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) ha reconocido que no existe en ningún grado la explotación de las niñas y niños.

[Img #7357]    Según estadísticas recientes, alrededor de 215 millones de niños trabajan en las más disímiles labores, la mayoría a tiempo completo. De estos, una buena parte están expuestos a las peores condiciones, como permanecer en ambientes peligrosos, realizar trabajos requeridos de un esfuerzo superior  a su capacidad física o participar de actividades ilícitas, incluidos el tráfico de drogas y la prostitución.


     Dadas las condiciones en que se produce y no obstante su alarmante magnitud, el trabajo infantil no es algo coyuntural del sistema productivo; mucho más que eso, ha devenido elemento importante en la expansión de la economía de mercado. La utilización de menores como mano de obra interesa a muchos empleadores porque los salarios son más bajos, además de  constituir estos una fuerza fácilmente manejable.


     La mayoría de los niños trabajadores forman parte de la llamada economía informal, de modo que su invisibilidad a los marcos jurídicos que protegen al resto de los trabajadores es notoria. Por esta razón es difícil cuantificar con exactitud la magnitud del fenómeno.


    Datos proporcionados por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) revelan que más de la mitad de los infantes proletarizados por las circunstancias económico sociales del presente tienen una edad comprendida entre 5 y 14 años. La mayor parte lo hace en la agricultura; alrededor de un millón en la minería, mientras más de 10 millones se desempeñan en el trabajo doméstico, labor esta última devenida la primera ocupación de las niñas menores de 16 años en todo el mundo.


    Pero el lado más oscuro del empleo se materializa mediante la trata. Más de un millón de los pequeños convertidos en mercancía son víctimas de procederes macabros, incluido el tráfico de órganos y la adopción ilegal.


    Otro triste destino es el de alrededor de unos 300 mil devenidos  soldados, y con mucha frecuencia víctimas principales de las tantas guerras y conflictos locales existentes en el planeta. Hasta tal punto se ha extendido esta práctica que durante la pasada década organizaciones internacionales alertaron sobre el hecho de que 50 países los reclutaban y armaban cotidianamente convirtiéndolos en “carne de cañón”.


     Aunque el empleo de este tipo de mano de obra se manifiesta  mayoritariamente  en las regiones geográficas más empobrecidas o con mayor desigualdad en la distribución de la riqueza, los países desarrollados no escapan al fenómeno; la media europea, por ejemplo, es de 1,5 %, en relación con el total de la fuerza laboral activa. El gran problema de las naciones ricas es no reconocer que tienen personas empleadas antes de haber alcanzado la madurez física y mental propia de los adultos.


     Entre las causas principales de la explotación de menores aparecen la marginación social y la extrema pobreza: la familia de los pequeños trabajadores carece en general de las condiciones necesarias de subsistencia y propician que estos busquen empleo para mantener la economía del hogar. Esta situación solo puede resolverse con una decidida voluntad estatal de desarrollo y protección de la familia, tal como ocurre en Cuba, país donde a pesar de las limitaciones económicas la Organización de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) ha reconocido que no existe en ningún grado la explotación de las niñas y niños.


    Para que estos no se vean obligados a trabajar se necesita una sociedad más justa. En tal sentido tanto la OIT como la UNICEF se han propuesto como objetivo impulsar proyectos que hagan posible al menos eliminar las peores formas de ocupación infantil en los próximos años. La Organización Internacional del Trabajo ha fijado el 2016, como fecha para cumplir este objetivo de alcance limitado. Para lograrlo es decisivo frenar ante todo la expansión de las redes de explotación infantil: múltiples grupos del crimen organizado trabajan para usar a los infantes en sus propósitos económicos, como ocurre en el territorio mexicano colindante con los Estados Unidos, un país que en nada es ajeno a la presencia de niños obreros, a quienes se explota de las más diversas maneras.

 


(*) Orlando Ruiz Ruiz periodista y escritor, es jefe de la Sección Internacional del periódico Trabajadores y colaborador de Canarias Semanal.com.

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