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Por Juan Antonio Sánchez
Domingo, 2 de septiembre de 2018

Redes peligrosas con riesgos previsibles

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No está en impostar la voz -escribe JUAN ANTONIO SÁNCHEZ - la solución a la felicidad de escuchar el delirio de los demás por una moda sugestiva producto de la ocurrencia de algún famoso o famosa a la que atribuirle tal circunstancia (...).

 

   No está en impostar la Voz la solución a la felicidad de escuchar el delirio de los [Img #55259]demás por una moda sugestiva producto de la ocurrencia de algún famoso o famosa a la que atribuirle tal circunstancia. No es el exceso de una mano hacia arriba en el muro de un Facebook frío y manifiestamente poco creíble dónde debemos buscar el éxito personal y no el ego insustancial que nos provocará una carga de ansiedad que nos mantendrá ocupados buena parte de nuestro tiempo con el delirio de sabernos portadores de una larga lista de seguidores y seguidoras que ni siquiera conocemos una mínima parte. Tal vez, tan sólo tal vez, pueda ocurrir que alguien detrás de una imagen falsa, perturbada o inventada, nos topemos con alguna pequeña y patética desilusión al conocerla de verás; puede ocurrir por el contrario, que descartemos lo real y natural de quién pretende interactuar en las redes con su verdadera identidad en el perfil que nos muestra.

 

 

   Las redes, nunca mejor dicho, las redes nos atrapan, nos están dejando sin interacción personal, sin empatía con el entorno que aunque no nos demos cuenta de ello, nos rodea continuamente; personas que miran al frente sin preocupación por dónde estará el Pokemón que no tenemos, el que más puntúa en la escala, o del mensaje inapropiado en una ocasión improcedente que nos saca de nuestros pensamientos y nos deja en jaque al cruzar una calle por un paso que no es el de peatones, o un semáforo en rojo que pasa desapercibido a nuestra obsesión por Instagram, en el que hemos visto la fotografía de una amiga que no nos cae demasiado bien con un chico al que deseamos. O viceversa, Algo muy de llevarse de calle las amistades que antes duraban, ahora por el contrario, un desliz en una información del grupo de WhatsApp y te has quedado sin aquella tan buena amiga o amigo que era hace tan sólo unas horas.

 

 

   Pero más triste aun, el hecho manifiesto de considerarse peligrosas hace de las redes un tema complicado a la seguridad de quienes transitan cerca de los adictos a ellas. No tenemos nada más que navegar por el buscador de nuestro ordenador y confirmar el grado elevado de accidentes de tráfico producto del mal uso de nuestros teléfonos de última generación; jugarse la vida haciéndose un “selfies” en un barranco o desfiladero en un instante en el que nos creemos dueños del riesgo absoluto; aunque esto al fin y al cabo podrá acarrear una caída al vacío en el que el personaje en cuestión es el único perdedor por imbécil pero, no frenar a tiempo en un paso de peatones llevándose por delante la vida de un inocente, o emprender una marcha en el vehículo sabedor de que cada ocasión que suene un mensaje repercutirá en un peligro inminente para los demás conductores y peatones, esos otra cosa, de igual forma que los cientos de ciclistas que han perdido la vida por el exceso de adrenalina que las drogas, el alcohol y el móvil actúan como coctel demoledor.

 

 

   ¿Estáis en derecho de pronunciaros sobre los demás sin temor a ser contestados con severas palabras repletas de sinceridad? ¿Os sentís con fundamentos y valores tanto personales como humanos para aconsejar sobre el uso que de las redes debemos hacer? ¿Habéis asistido alguna vez, aunque tan sólo fuese de pasada, a alguna charla de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado que a menudo participan en las aulas de colegios, institutos y universidades? Si a esta última pregunta la respuesta es afirmativa, diría que os pasáis por el forro lo que en ellas indican y que en más de una ocasión os habéis precipitado en añadir una noticia o una fotografía de la que después os habéis podido arrepentir; hasta estaría por afirmar que la causa de más de una separación amorosa fue la noticia impulsiva creada entorno una fechoría sin intención en un momento de alteración depresiva o de euforia festiva.

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