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Lunes, 30 de julio de 2018
"La Libia de Gadafi era un Estado laico en el que las mujeres gozaban de un marco de libertad y derechos"

Las mujeres en la Libia pos-Gadafi: Bajo una abaya de silencio cómplice

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Hace algún tiempo que las mujeres estamos siendo utilizadas y manipuladas por los partidos del sistema, especialmente por los del espectro social-liberal. Algunas de estas manipulaciones -denuncia nuestra colaboradora Tita Barahona - han tenido consecuencias bastante dramáticas de las que queremos llamar la atención, especialmente las que se han aplicado en los ataques militares promovidos por los EEUU y sus súbditos de la OTAN, con la inestimable ayuda de las fundaciones y ONG's que sirven de pantalla a sus servicios secretos y, por supuesto, los medios de comunicación corporativos encargados de la propaganda de guerra (...).

 

POR TITA BARAHONA PARA CANARIAS SEMANAL.-

 

 

 

       Hace algún tiempo ya que las mujeres estamos siendo utilizadas y manipuladas por los partidos del sistema, especialmente por los del espectro social-liberal, tan aficionado a las identidades o diversidades de todo tipo (raza, género, religión...) excepto la de clase. Así, por ejemplo, quieren hacernos creer que el feminismo consiste en la “igualdad de género”, y ésta en la presencia paritaria de mujeres en las listas electorales, órganos de gobierno y consejos de administración empresariales. Nos utilizan a nosotras y a nuestros movimientos de emancipación de diversas maneras. Algunas las hemos tratado en otro lugar (1). Otras han tenido consecuencias bastante dramáticas de las que queremos llamar la atención, especialmente las que se han aplicado en los ataques militares promovidos por los EEUU y sus súbditos de la OTAN, con la inestimable ayuda de las fundaciones y ONG's que sirven de pantalla a sus servicios secretos y, por supuesto, los medios de comunicación corporativos encargados de la propaganda de guerra.

 

 

 

 

          Recordemos cómo, durante la invasión de Afganistán en 2001, el pretendido carácter humanitario de dicha intervención se intentó justificar, entre otras cosas, en que los talibanes obligaban a las mujeres a llevar burka y les impedían asistir a la escuela. Hubo auténticas campañas por tierra, mar y aire contra la condenada prenda. No obstante, una vez instalado el gobierno títere de Hamiz Karzai, las afganas siguieron viéndose obligadas a llevarla, pero esto dejó de ser noticia y así ha permanecido hasta hoy. Algo similar ha sucedido con el ataque a Libia en 2011. También aquí hubo utilización propagandística de las mujeres y sus derechos, aunque en este terreno el país norteafricano representaba un caso muy distinto al afgano y el “relato”, por tanto, debía ser distinto.

 

 

 

 

 

         La Libia de Gadafi era un Estado laico en el que las mujeres gozaban de un marco de libertad y derechos reconocidos incomparable con el de muchos otros países del mundo islámico. No había códigos de vestimenta obligatorios, ellas se movían en los espacios públicos solas, sin necesidad de ir acompañadas de un “guardián”; podían conducir, elegir marido libremente, ya que los matrimonios forzados estaban prohibidos por ley; podían divorciarse a iniciativa propia sin que el marido pudiese impedirlo, trabajar fuera de casa sin permiso marital, estudiar cualquier carrera; de hecho, las mujeres eran casi la mitad del alumnado universitario, con importante presencia en las profesiones liberales (abogacía, periodismo, enseñanza, etc.) y el ejército; y tenían acceso a becas para estudiar fuera de Libia (2).

 

 

 

 

 

          Difícilmente, por tanto, podía tomarse el argumento de la defensa de los derechos de las mujeres para justificar el derrocamiento del gobierno de Gadafi. Sin embargo, como veremos en seguida, la prensa corporativa utilizó a un grupo de mujeres libias, todas profesionales (juristas, periodistas, académicas...) y de familias acomodadas, para presentar la particular “primavera árabe” libia, iniciada en la ciudad de Benghazi, como demanda de democracia y derechos de las mujeres. Algunas, por cierto, se habían beneficiado de las becas que otorgaba el gobierno libio para estudiar en el extranjero.

 

 

 

 

 

         Como en el caso de la invasión de Irak en 2003, el ataque sobre Libia en marzo de 2011 por las fuerzas de la OTAN fue precedido y acompañado de una campaña mediática de desprestigio y ataques personales a su jefe de Estado, Muamar el Gadafi, a quien se acusó infundadamente de “matar a su pueblo” y de suministrar Viagra a sus soldados para violar a mujeres y niños. Los medios norteamericanos, británicos y franceses, principales artífices de la invasión, comenzaron a hablar de la situación de las mujeres en Libia por boca del selecto grupo de mujeres antes referido, que colaboraron en el apoyo logístico a los llamados “rebeldes” y en la propaganda para presentarlos como legítimos defensores de la democracia. Así, por ejemplo, Nadya Khalife, investigadora a sueldo de Human Rights Watch (Observatorio de Derechos Humanos), declaraba a un medio norteamericano que las ventajas de que habían gozado las libias no eran suficientes, porque “los derechos legales no siempre se traducen en hechos”. Claro, como en todas partes. Aquí, en España, por ejemplo, tenemos completa igualdad formal, sólo que un poder judicial copado por el Opus Dei se encarga de entorpecer las condenas a violadores y maltratadores. Pero más lejos aún se atrevía a ir un informe de la fundación Freedom House, citado en el mismo artículo, según el cual “el gobierno autocrático de Gadafi ha sido el principal obstáculo en la lucha por los derechos de las mujeres en Libia(3).

 

 

 

 

        La BBC no podía faltar a la fiesta de la propaganda en modalidad “derechos de las mujeres”. Poco después del brutal asesinato de Gadafi en octubre de 2011, dirigido y celebrado con risotadas por la WarLady Killary Clinton -que entre los genocidas también rigen las cuotas-, dicho medio sacaba el titular Las mujeres libias luchan por su empoderamiento”. En esta noticia se hablaba con orgullo de las mujeres que colaboraron con los “rebeldes”, de las que volvían del exilio a Libia y estaban la mar de contentas de haber logrado colocar a dos ministras en el nuevo gobierno salido de las elecciones “libres” del verano de 2012. Para este grupo de mujeres, elegantemente vestidas según la periodista, Libia era un país muy conservador y machista, pero ya se había liberado y estaba surgiendo una nueva generación de “activistas por los derechos de las mujeres”, que demandaba un 40 por ciento de cuota en la comisión parlamentaria que redactaría la nueva constitución al año siguiente. Sin embargo, por el horizonte ya se vislumbraban nubes negras, tan negras como las banderas del ISIS. Mientras estas mujeres declaraban que estaban “practicando democracia”, el presidente del Consejo Nacional de Transición, Mustafa Abdul Jalil, acababa de anunciar que estaba a favor de abolir las leyes que impedían la poligamia e implantar la Sharía (ley islámica) en territorio libio (4).

 

 

 

 

 

           En diciembre de 2012, la misma BBC daba a conocer que una de las “activistas” libias más famosas, la académica Magdulien Abaida, cuya misión había consistido en presentar una buena imagen de la “revolución” libia en Europa y ayudar a los “rebeldes”, había vuelto a Libia desde su exilio dorado de Gran Bretaña, para contribuir a la “transición democrática” y promover los derechos de las mujeres. Sin embargo, lo que se encontró fue un país sumido en el caos. Las fuerzas “democratizantes” de la OTAN estaban facilitando que los grupos tribales y las fuerzas yihadistas, filiales de Al Qaeda, a las que habían armado hasta los dientes, se repartiesen el territorio libio creando, de hecho, micro-estados fuera del control del recién elegido gobierno central, matando, violando, torturando y saqueando a la población civil. Cuando Magdulien Abaida se presentó en Benghazi en el verano de 2012 para dar una conferencia sobre el estatus de las mujeres en la “nueva Libia”, un comando islamista la secuestró y amenazó de muerte por dos veces consecutivas. Como probable colaboradora de los servicios secretos británicos, la soltaron ilesa y a día de hoy sigue dando clases de Derecho en la Universidad de Londres. De haber sido una mujer del pueblo, a buen seguro no habría vivido para contarlo (5).

 

 

 

 

 

           En esos días, sin embargo, pese al reconocimiento de que en Libia se estaban produciendo graves abusos de los derechos humanos, la BBC seguía congratulándose de los cientos de millones de libras que se había gastado su gobierno en la operación militar, porque se estaba progresando hacia la democracia por las elecciones que habían tenido lugar aquel verano de 2012. De nuevo, un selecto grupo de libias afincadas en Gran Bretaña cifraban los avances de las mujeres de su país en que había 33 mujeres en el Congreso y dos ministras, incluso ante la evidencia de que el gobierno  central ya no controlaba nada (6).

 

 

 

 

          La destrucción del Estado libio derribó las barreras que protegían de la barbarie a la población libia de raza negra, a los inmigrantes subsaharianos y a las mujeres. Los horrores que vinieron después y la complicidad en ellos tanto de la OTAN como de los partidos y fuerzasprogresistas” que apoyaron el ataque, ya fueron señalados y denunciados en su momento en este y otros medios (7). Los grandes medios corporativos callaron. Ya no hablaron más de los avances que estaban haciendo las mujeres libias, ni de la gran paz en democracia que había conseguido el pueblo libio gracias a la “intervención humanitaria” de 2011. Han sido informes recientes de las mismas agencias de derechos humanos que fueron cómplices en la propaganda de guerra, los que están sacando a la luz una parte de lo que supone actualmente la vida para las mujeres en los diferentes reinos de taifas que controlan las milicias islamistas. En la ciudad de Sirte, por ejemplo, el Estado Islámico ha impuesto la Sharía. Las mujeres deben llevar obligatoriamente la tradicional abaya, pero de color negro y sin adornos, además del niqqab, que sólo deja ver ligeramente los ojos. Las faltas se castigan con latigazos a los guardianes de las mujeres, que tienen prohibido salir de sus casas sin la compañía de estos, incluso para hacer la compra (8). También las privilegiadas “defensoras de los derechos humanos de las mujeres” han publicado informes en los que denuncian estas situaciones, a las que, por cierto, ellas han contribuido (9).

 

 

 

 

 

        Más mediático está siendo el mercado de esclavos que se ha establecido en territorio libio, aunque las noticias que llegan lo hacen descontextualizadas, presentándolo como un problema de “mafias”, con las que nuestros países “civilizados” no tienen nada que ver. Un reciente informe de Itermon Oxfam da detalles espeluznantes de cómo miles de migrantes y refugiados, procedentes de los países que EEUU y la OTAN están destruyendo en Oriente Medio, son raptados, esclavizados, torturados y violados, ellos y ellas; encerrados y atados como animales, vendidos al mejor postor. El cierre de fronteras de los países de la UE, responsables de estos desastres, hace que miles de personas estén quedando atrapadas en el infierno en que han convertido a Libia (10).

 

 

 

 

 

       Sin duda, las mujeres de las clases populares libias que han sobrevivido al horror, las que un día tuvieron una vida digna y hoy no son más que juguete de los ogros islamistas, escupirían, si pudieran, a la cara bonita de las exiliadas de lujo, y a la de todos los que jalearon la destrucción de uno de los pocos estados laicos y prósperos que quedaban en la región. Los nombres de los cómplices en el Estado español los conocemos. No fueron sólo el PP y el PSOE, sino también los sindicatos de concertación -CCOO y UGT- y las fuerzas así llamadas progresistas, incluidos sectores de IU, y sus medios de difusión, como el diario Público (12). En estos supuestos medios alternativos, escritores como Santiago Alba Rico, perteneciente al grupo de Anticapitalistas integrado en Podemos, se unieron al coro de alabanza de la “intervención humanitaria” en el país africano. Las mujeres libias, las mismas a las que se quería salvar de la tiranía de Gadafi, hoy ya no importan, sobre ellas han arrojado un vergonzoso manto de silencio cómplice aquellos y aquellas que apoyaron y apoyan las aventuras imperialistas de los EEUU y sus lacayos de la OTAN. Las mujeres somos en sus discursos falaces, objetos de usar y tirar. Denunciemos este tipo de instrumentalización, porque, al fin y a la postre, como demuestra el caso libio, quienes llevamos la peor parte somos las mujeres más desfavorecidas de la clase trabajadora, ya seamos blancas, negras, heteros, homos, altas o bajas.

 

 

 

 

Notas y referencias bibliográficas:

 

 

3. https://www.thenational.ae/world/africa/at-a-glance-women-s-rights-in-libya-1.433928 Recordemos que la Freedom House ha trabajado en la preparación de los golpes de estado perpetrados por EEUU en América Latina y a día de hoy sigue muy activa en Nicaragua.

 

 

11. Como lo puso de manifiesto en este medio Cristóbal García Vera: http://canarias-semanal.org/not/1033/el-diario-publico-o-la-estafa-ideologica-del-social-liberalismo/

 
       
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2 Comentarios
Fecha: Viernes, 3 de agosto de 2018 a las 08:18
Gustavo
Maribel aclaras bien. De todas formas hay que poner toda tendencia religiosa al descubierto, porque adormece las consciencias de los oprimidos.
Fecha: Lunes, 30 de julio de 2018 a las 02:49
maribel
Aquí el velito es el que impone Arabia Saudí, según la feminista argelina, Marieme Hilie- lucas, junto con grandes financiaciones a Europa para mezquitas y propagar el islamismo. El velito no es ni religioso, ni por climatologías,o cualquier otro, sino un velo político, que es el reflejo de su sistema fasciston. Europa acogió a estos emigrantes como mano de obra esclava y el tiro le esta saliendo por la culata, porque estos terroristas islamistas se les esta escapando de la mano, haciendo y deshaciendo como un estado dentro del estado europeo aplicando sus leyes y pasando de las del país que les acogió. las feministas, los izquierdistas y otro progrerio dice que es su cultura por tanto apoyan hasta la ablación y el velo o burka u otros, porque la cultura hay que respetarla, aunque ésta toque la barbarie.

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