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Martes, 13 de febrero de 2018
La izquierda ante su verdadero reto

CRÍTICA DEL LIBRO "POR QUÉ SOY COMUNISTA", DE ALBERTO GARZÓN (II)

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V. La crisis… del reformismo y de su propia auto-censura electoralista

 

 

    Seremos breves en este apartado, conscientes de que nuestra crítica se está alargando ya más de lo debido. Compartimos y valoramos una parte de los análisis y datos que Garzón emplea en este capítulo. Sin embargo, no podemos avalar afirmaciones como la de que para Marx y Engels “era harto evidente que la clase trabajadora siempre estaría del lado del socialismo” (pág. 268). El propio Dieciocho Brumario, tan citado por el autor, deja bien a las claras que buena parte del pueblo francés apoyó el golpe de Luis Napoleón Bonaparte en 1851.

 

 

 

    Tampoco compartimos la apuesta por “una solución dialogada y negociada en Cataluña” (págs. 285 y 312). ¿Negociada con quién? ¿Y si el gobierno se niega a negociar o a ceder nada, qué proponemos? ¿Seguir suplicándole que negocie? ¿Cómo se “dialoga entre pueblos” (pág. 313)? ¿Si un pueblo no reconoce los derechos de otro (como la autodeterminación), dejan de ser legítimos? ¿Reivindicar un derecho legítimo lleva a la guerra nacionalista e imperialista, como se desliza en la página 315?

 

 

 

    Tampoco estamos de acuerdo en que se aluda sin mayores consideraciones a “desmontar la transición” (pág. 288), cuando lo que el PCE debería hacer es autocrítica por su actuación durante aquellos años, y cuando es en los momentos claves donde no hay que pasar por el aro… no 40 años después, cuando ya no hay nada en juego (varias páginas más tarde, en la 298, y también en la 309, el problema de la Transición parecerá ser solo cómo el PCE se la transmitió a la gente; es decir, el “relato” que se hizo de ella; es decir, únicamente un problema de formas o de comunicación…).

 

 

 

    Ni estamos de acuerdo en considerar los hechos de Checoslovaquia en 1968 como una “democratización interna” (pág. 295), aunque comprendemos que Garzón así lo estime, pues su concepto de la democracia es el del pluripartidismo y la democracia burguesa. O en eso tan delicado de que los que están en las cunetas españolas “lucharon y murieron por la democracia”, entendida esta como lo que tenemos ahora. No es cierto: en su inmensa mayoría, lucharon y murieron por la revolución y por una sociedad que, desde luego, no tenemos ahora. En su inmensa mayoría, incluso eran “accidentalistas” (como se decía entonces) en la cuestión de la formarepublicana de gobierno; los de las cunetas, principalmente, eran rojinegros o rojos.

 

 

    Ni estamos de acuerdo en que se utilicen tantos pretéritos (y tan perfectos) al hablar de los que, durante el franquismo, “reprimieron, encarcelaron, torturaron y ejecutaron” a comunistas (pág. 310). ¿Es que no ha ocurrido después, ya en el régimen del 78? Ni en que, por último, se nos llame en esa misma página a conquistar la “democracia real”… después de llamar “democracia” a la ficción que vivimos decenas de veces en las páginas previas.

 

 

 

    Sencillamente, la política profesional, en su esterilizadora e inevitable pretensión de atrapar votos, está tratando la transición de un modo que intenta agradar a cierto sector de los jóvenes… pero sin romper, de una vez por todas, con la retórica “democrática” que nos desarma; y, lo que es aún más grave, sin denunciar (y sin extraer las conclusiones pertinentes en lo que respecta a la caracterización del actual régimen) la represión posterior a la transición, así como la actual.

 

 

 

Conclusión

 

 

 

Nuestras conclusiones, muy esquemáticamente, serán las siguientes:

 

  1. que un ideario construido sobre terminología tan “líquida” y difusa como los derechos humanos, la libertad o la democracia es, por definición, débil y dificulta la plasmación de líneas programáticas de mayor concreción;
  2. que, precisamente por ello (y porque tales conceptos pueden significar una cosa totalmente distinta en función de quién los esgrima), tal ideario no está a la altura de los retos actuales que en el comunismo afrontamos como movimiento al servicio de una clase, no ayudando ni siquiera a desarrollar una línea de masas (algo que trataremos para cerrar este texto),
  3. y que, en el fondo, la adopción de una terminología de esta naturaleza solo queda justificada desde la asunción, más o menos velada, de las doctrinas de Laclau y del posmarxismo, con su creencia de que debemos operar desde el caudal conceptual e ideológico del enemigo para, de algún modo, “resignificarlo”, algo que, en nuestra opinión y en la opinión de Marx, en realidad no hace sino desarmarnos (incluso aunque dicho desarme se efectúe a cambio de alguna pírrica y momentánea victoria… electoral).

 

 

 

 

      Con respecto al capítulo de conclusión del libro de Alberto Garzón, aparte de contradecirse por tercera vez al volver a alabar “los derechos políticos y sociales que caracterizan a nuestras sociedades democráticas modernas” (pág. 319: ¿no habíamos concluido hace solo unas páginas que no vivíamos en una democracia real?), incluye, en esa misma página, un ataque bastante agresivo y fuera de tono contra “los revolucionarios portaestandartes” y los “debates litúrgicos y ceremoniales propios de religiones”. ¿Y la sagrada liturgia de los de derechos humanos y de la democracia ilustrada? ¿Quién porta ese “estandarte”?

 

 

 

 

    La coartada de Alberto Garzón es la siguiente: que, a la hora de la verdad, la consigna bolchevique fue “paz y tierra”. Cierto. Solo que, como olvida explicar, esta consigna de Lenin se traducía así: la paz implicaba salir unilateralmente de la guerra imperialista, y la tierra expropiar los latifundios de los terratenientes (es decir, el principal medio de producción en un país agrario). Es cierto que Lenin no priorizó la consigna abstracta del “socialismo”, sino que usó de manera estratégica una línea de demarcación que, por un lado, pudiera propulsar a las masas contra el poder y, por otro, garantizara una alianza de clases con el campesinado. Y nosotros esto lo estudiamos y lo comprendemos.

 

 

 

 

   Por eso, pese al muñeco de paja que suele hacerse de nosotros, muchos de los comunistas que andamos bien lejos de la estrategia estéril del reformismo electoralista en el Estado español, lejos de presentar ante nuestro pueblo exaltaciones del sovietismo o banderas folclóricas, llevamos años proponiendo que la línea de demarcación en nuestro actual contexto, la que de hecho intentamos llevar a todas movilizaciones contra la crisis porque puede impulsarlas hasta un punto en que antagonicen con el poder, se inicia con la reclamación del NO al pago de una deuda externa que fue generada para rescatar al sector financiero, y que es la responsable inmediata de los recortes socio-laborales que hoy mueven la calle. Y, desde ahí, es necesario empujar las movilizaciones hacia el objetivo de la expropiación de la banca y, necesariamente, hacia el cuestionamiento del euro y de la Unión Europea.

 

 

 

   Tal idea es defendida por Vicente Sarasa en el ensayoLínea revolucionaria y referente político de masas. (Desde la dualidad organizativa. Apuntes entre comunistas)”, que puede consultarse en Internet y que será incluido en la segunda parte del libro El día D y su gerundio, cuya primera parte, publicada recientemente por Ediciones El Boletín, desde aquí recomendamos calurosamente. Porque esta línea política sí que puede, mucho más que la retórica ilustrada y humanista en boga actualmente, llevar a las movilizaciones y las “mareas” existentes hacia una estrategia que vaya más allá de simplemente protestar porque “no nos representan”, o de votar a partidos subordinados a lo que según los medios de comunicación  "pueda o no decirse" en cada momento, e incapacitados para cumplir su programa por su propia negativa de inicio a poner en cuestión la pertenencia a esas instituciones europeas del colonialismo alemán que rápidamente esterilizaron, por ejemplo, la experiencia de Syriza en Grecia.

 

 

 

 

    El verdadero "reto de la izquierda"  como reza el subtítulo del libro que aquí hemos tratado de analizar, es comprender todo esto, porque "conectar los ideales del Manifiesto comunista con los de la Declaración de los Derechos Humanos" (pág. 319), como propone Alberto Garzón para cerrar este libro, es sencillamente un oxímoron.

 

 

 

Publicado originalmente en www.flamencorojo.org/

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