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Por Francisco González Tejera
Lunes, 29 de enero de 2018

La puerta abierta y el sueño

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Se ven solos ante la debacle después de tantos años de dolor. Lola vio morir a su padre Juan - escribe FRANCISCO GONZÁLEZ TEJERA - y a su madre Frasquita, después de veinte años de cuidados día y noche (...).

 

   Se ven solos ante la debacle después de tantos años de dolor. Lola vio morir a [Img #52620]su padre Juan y a su madre Frasquita, después de veinte años de cuidados día y noche. Más tarde las muertes de sus hermanos uno a uno, Juan, Manolo, José, Javier.

 

 

 

    Ahora Diego, su esposo, comienza a sufrir los achaques de sus 92 años. Se desmaya sin que los médicos sepan porqué, parece que volviera a la infancia, y delira con el momento del asesinato de su hermano Braulio por parte de los falangistas en su cunita cuando tenía cuatro meses de edad, de los diez años con su adorada nieta, ahora vetada en su vida. En la sanidad pública existe la consigna de la mafia política de no atender cien por cien a las personas mayores, dejarles morir para ahorrar gasto y justificar la entrega de hospitales públicos a la criminal sanidad privada.

 

 

 

 

     Ambos sufrieron la represión y los crímenes del franquismo en Gran Canaria, se unieron para siempre la hija de un preso político, el hijo de un fusilado, como si el destino quisiera que compartieran esa drama eterno, que se enamoraran hija e hijo del genocidio fascista, tal vez para sembrar semillas de dignidad, justicia, verdad y reparación en su lento viaje al futuro y la injusticia.

 

 

 

 

 

    Ahora los acompaño con frecuencia a urgencias tras los ataques de mi padre, son ratos tristes, también con su parte alegre, cuando nos dicen que no es nada grave y salimos hacia casa con el corazón henchido de alegría, como si existiera la esperanza y todo pudiera ser como antes, como cuando yo era pequeño y no era tan grave lo que me pasaba, saliendo en brazos de mi padre, abrigado con una manta, los tres contentos de regreso a Tamaraceite, sabiendo que mi vida no peligraba, felices de llegar al calido hogar del café y la leche calentita, el pan con mantequilla, las papas fritas con huevos y plátanos.

 

 

 

 

    Esos días mi padre jugaba conmigo más que nunca, se metía en la cama y me contaba cuentos, leyendas de brujas, de enanos y gnomos, también de fantasmas traviesos que se metían con los caminantes. Entre risas me dormía y sentía que desde su cama de matrimonio vigilaban mi respiración, mi tos, mi malestar, hasta mis pesadillas.

 

 

 

    Ahora yo hago lo mismo, vigilo su decadencia, su inminente partida más temprano que tarde, si no me voy antes yo, pero estoy atento, cualquier ruido me pone en píe a la hora que sea, luego es que una de las perras ladró, que el viento movió las ramas de la higuera, solo me encuentro a mi madre delante pidiendo ayuda cuando duermo profundamente, por eso ya dejo siempre las puertas de mi casa abiertas para siempre.

 

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