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Lunes, 25 de diciembre de 2017
"La pertenencia de clase no puede agregarse como una opresión más a las otras identidades subordinadas"

EL "FEMINISMO DE LA DIFERENCIA", SOSTÉN DEL CAPITALISMO

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La hegemonía ideológica de la derecha y de la "izquierda" socialdemócrata en todo el mundo se manifiestan también en el movimiento feminista, donde se imponen hoy diversas corrientes de un feminismo "reformista" perfectamente asumible por el sistema capitalista. Yara Almonte, del colectivo Pan y Rosas, analiza una de estas corrientes y expone el planteamiento de un feminismo revolucionario fundado en la teoría marxista (...).

Por YARA ALMONTE (*)


 

Los límites del separatismo

 

   En el marco del surgimiento de un nuevo movimiento de mujeres internacional, un ala del feminismo sostiene una política separatista que evoca las definiciones del feminismo de la diferencia de los 70’s, reivindicando “lo femenino” (women is beautiful) y de todas las características “femeninas” en clave esencialista y biologicista (la mujer como un Otro positivamente connotado [1]). Esto va desde el combate al estigma de condiciones específicas de las mujeres como la menstruación, la maternidad, o la idea de la “sororidad” como capacidad única de las mujeres para construir relaciones de cuidado, protección y solidaridad/compañerismo.

 

 

 

 

    Desde esta perspectiva, la lucha contra la opresión de las mujeres parte de identificar como “clase antagónica” al colectivo masculino -representante de y privilegiado por el patriarcado-, misma que controla los espacios de poder político y toma de decisiones en la sociedad contemporánea (“el sistema de la supremacía masculina”). Por lo que la vía para empoderar a las mujeres pasa por separarse de estos espacios y construir una contracultura femenina sin varones puesto que toda lucha por la igualdad implicaría la asimilación a un orden androcéntrico.

 

 

 

    La separación para el marxismo refiere al cercamiento sistemático de los bienes comunes y el territorio para dividir a los productores de los medios de producción; es decir, los trabajadores del campo y la ciudad son separados por la fuerza del Estado y la legalidad burguesa de las fábricas, la tierra y del producto de su trabajo.

 

 

 

 

 

 

"La pertenencia de clase no puede agregarse

 

como una opresión más a las otras identidades

 

subordinadas en este sistema, pues constituye

 

el núcleo alrededor del cual se articulan y

 

adquieren su definición concreta estas otras

 

pertenencias"

 

 

 

 

   Para el feminismo separatista, la separación entendida como opción política-sexual busca garantizar la división sexual, afectiva y política entre las mujeres y los varones, reconociendo una actitud parasitaria de los varones hacia la capacidad emocional y reproductiva de las mujeres. En un sentido, las diferencias socialmente construidas entre los géneros son ontologizadas, volviendo imposible cualquier nexo común de intereses entre los sexos a partir de sus diferencias biológicas y culturales e invisibilizando las diferencias de clase que existen entre el propio colectivo de mujeres.

 

 

 

    Por la vía de renunciar a disputar espacios “controlados por varones”, el feminismo de la diferencia y por tanto el feminismo separatista, condenan a la marginalidad al grueso de las mujeres mientras desarrollan su objetivo de construir una “sociedad femenina”. Por la vía de la omisión colaboran y sostienen al sistema capitalista, al que deciden no enfrentar “autonomizándose” y privilegiando redes de solidaridad sorora y la exaltación de las experiencias individuales como vía de transformación parcial de una realidad simbólica.

 

 

 

 

La lucha contra la opresión debe ser con perspectiva de clase

 

 

    Para las revolucionarias, entender la lucha por la emancipación de las mujeres únicamente como la búsqueda de una igualdad inclusiva en el sistema conlleva al reformismo, pues esta visión es incapaz de reconocer que la trampa capitalista consiste en presentar una sociedad de “libres asociados” en igualdad de condiciones “ciudadanas”, mientras oculta la profunda desigualdad entre mujeres y varones en el contrato matrimonial como la que existe entre propietarios y trabajadores en el contrato laboral. [2]

 

 

    Para el marxismo, como bien expone Andrea D’Atri, contrariamente a estas vertientes feministas, la pertenencia de clase no puede agregarse simplistamente como una opresión más a las otras múltiples y diversas identidades subordinadas en este sistema, pues constituye el núcleo alrededor del cual se articulan y adquieren su definición concreta estas otras pertenencias.

 

 

 

   Las identidades que el sistema entiende como subordinadas (mujer, negro, homosexual, etc.) sólo adquieren su significación social concreta con relación a su vínculo con una clase social, donde la clase es el eje que determina la vivencia particular de cada sujeto de su propia subordinación identitaria. [3]

 

 

 

  A su vez, como planteamos en el Manifiesto Internacional de Pan y Rosas, “consideramos que cuando una mujer es humillada, violentada o discriminada por sus compañeros de clase, la clase obrera está más debilitada. Pero cuando las mujeres trabajadoras toman en sus manos la lucha por sus derechos, la clase explotada está más fortalecida para enfrentar a los explotadores… Es la clase dominante la que fomenta esos prejuicios misóginos, sexistas, homofóbicos, y también xenófobos, racistas y nacionalistas para dividir a los explotados.” Por eso apostamos a sumar a los trabajadores a la lucha por los derechos de las mujeres.

 

 

 

 

    Así es que vaciado de una crítica anticapitalista, el feminismo sirve incluso a un discurso abiertamente reaccionario (llegando a defender los intereses de los capitalistas o a sus cuerpos represivos) porque la emancipación de algunas a costa del trabajo de las grandes mayorías no significa un avance, sino la cooptación pura del movimiento feminista.

 

 

 

    Quienes militamos en Pan y Rosas, nos jugamos a construir una gran agrupación de mujeres anticapitalistas, socialistas y revolucionarias que, anclada a la clase trabajadora -es decir, desde la perspectiva de las más oprimidas y explotadas-, empuje el desarrollo de un movimiento de mujeres en las calles, combativo e independiente de este régimen político para avanzar en conquistar todos nuestros derechos.

 

 

 

 

     Por eso consideramos que para desarrollar un feminismo verdaderamente emancipatorio hace falta fortalecer al mismo tiempo una alternativa política que pelee por la independencia política del movimiento obrero y de mujeres, por romper relaciones con los capitalistas, sus gobiernos e instituciones, y por pelear por construir, sobre las ruinas de este régimen político, un gobierno obrero y popular que pelee con perspectiva revolucionaria por poner en pie una sociedad nueva sin explotación ni opresión.

 

 

 

Notas:

 

1. D’Atri, Andrea, Pan y Rosas: pertenencia de género y antagonismo de clase en el capitalismo, Buenos Aires , 2008.
 

2. Idem.
 

3. Idem.


(*) Yara Almonte es estudiante de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales-UNAM.

 


De Izquierdadiario.es

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1 Comentario
Fecha: Lunes, 25 de diciembre de 2017 a las 21:51
Juana
Que bien habla esta muchacha... ha dado en la diana. Me llama mucho la atención la gran cantidad de mujeres que pierden el tiempo al lado de esas organizaciones políticas y sociales reformistas que no confrontan con el sistema y su pestilente capitalismo... pobrecillas, están más perdidas que un pulpo en un garaje. La Lucha feminista no es una broma es cosa de vida o muerte en estos crueles momentos y las luchas feministas que se hacen fuera de senderos socialistas son luchas perdidas. Un abrazo grande de mujer revolucionaria a todas las que se esfuerzan por levantar un fuerte polo feminista revolucionario emancipatorio... merece mucho la pena mis niñas. Saludos.

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