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Lunes, 11 de septiembre de 2017
"Pedro era uno más de los 5.000 detenidos el 11 de septiembre de 1973"

UN CANARIO ENTRE LOS DESAPARECIDOS DEL ESTADIO NACIONAL DE SANTIAGO DE CHILE

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En el Estadio Nacional de Santiago de Chile Pedro “El canario” era uno más de los 5.000 detenidos el 11 de septiembre de 1973. Lo detuvieron - escribe Francisco González Tejera - dentro de la Universidad Católica, cuando se celebraba una asamblea estudiantil para resistir al golpe fascista del general Pinochet (...).

 

  Por FRANCISCO GONZÁLEZ TEJERA / CANARIAS-SEMANAL.ORG.-


 

   En el Estadio Nacional de Santiago de Chile Pedro “El canario” era uno más de los 5.000 detenidos el 11 de septiembre de 1973. Lo detuvieron dentro de la Universidad Católica, cuando se celebraba una asamblea estudiantil para resistir al golpe fascista del general Pinochet.

 

 

 

    Se los llevaron a todos, incluso a la hija pequeña del profesor Rosado que no tenía más de ocho años. Atados con los brazos a la espalda los introdujeron a culatazos y patadas en los camiones militares, mientras se escuchaba el bombardeo sobre la Casa de la Moneda donde el presidente Allende resistía hasta la muerte “con absoluta tranquilidad”, sin “pasta de mesías”, “sin condiciones de mártir”, como “un luchador social que cumple una tarea, “la tarea que el pueblo me ha dado”.

 

 

 

    Sus palabras sonaban en todas las radios de Chile, la voz del presidente del pueblo, de la clase trabajadora, la esperanza de los desheredados y que ahora manchaba de sangre las alfombras de la sede de la democracia, de la dignidad de un pueblo masacrado con dinero del criminal imperialismo norteamericano.

 

 

 

   Pedro González Ojeda, estaba tirado al fondo de la camioneta con el tabique nasal roto. En el suelo pensó en los miles de canarios asesinados y desaparecidos por los falangistas. Se acordó del diputado Eduardo Suárez, “el Allende canario”, de Fernando Egea, de Juan Machado, de Francisco González, de Masmano, de Manuel Monasterio, de Juan García “El Corredera”, de Pollo Florido, de José Tejera, de Manuel Vázquez Moro..., de tantos camaradas asesinados, de como las islas se convirtieron en un paredón de fusilamiento, el mar en un receptor de mujeres y hombres arrojados desde acantilados, desde barcos dentro de sacos con piedras a la profundidades oceánicas.

 

 

 

   En el Estadio pudo ver de lejos a Víctor Jara, el famoso cantautor, en las gradas tratando de animar a los compañeros, como lo sacaban a golpes llevándolo a los vestuarios para cortarle las manos, se enteró de la muerte de Pablo Neruda, de que en todo Chile aquellos milicos criminales estaban asesinando a lo mejor del pueblo.

 

 

    La Sima de Jinámar, los pozos de Tenoya, Tamaraceite, Arucas, Guayadeque, Casa Ayala, Azuaje, Los Cernícalos, Valsendero, El Zumacal, La Marfea..., las fosas comunes en las tierras del Conde, de los Betancores, de los Rosales..., repletas de hombres asesinados con tiros en la nuca, todos esos espacios vinieron a la mente de Pedro cuando lo torturaban, cuando destrozaban su cuerpo en los vestuarios donde meses antes había visto jugar a la selección chilena contra Venezuela.

 

 

 

    Todavía quedaban restos de los partidos, medias de fútbol, botellas medio llenas de agua, balones desinflados, vendas para las heridas, un botiquín intacto, una camiseta con el número 10 que usaban para limpiar la sangre del suelo de los miles de torturados, mujeres y hombres a los que sacaban del estadio para desaparecer en los vuelos de la muerte, en fosas perdidas, en los rincones del horror que al igual que en Canarias representaban lo más negro de la historia, toda esa sangre derramada, los mayores crímenes de lesa humanidad después del genocidio indígena encabezado por los españoles.

 

 

 

    Ya no le quedaban fuerzas al joven estudiante de filosofía, la picana le destrozaba los genitales y el ano, no decía nada, solo lloraba en silencio, no delataba a nadie, evocaba la playa de La Garita en Telde, los años de la infancia antes del exilio cuando apenas era un bebé con su madre y su abuela Rosa, le venía el rostro de Julia, de Pablito, de Ezequiel, de Ramona, de Luisa, de Antonio, de Santiago, de Juani “El Sirocco”, la paz que trasmitían los ojos de Encarna en las fiestas en la peña de “Los Parra”, las voces rotas por el vino del norte, la mariguana, el humo de los coches en las alamedas de Santiago de Chile, el primer amor en el desierto de Atacama en aquella excursión rodeado de arena, besos y temblores.

 

 

    Sabía que ya no le quedaba vida y le dio por “El alma llena de banderas”, susurrar la canción de Jara cuando el torturador conocido por “El Ángel” le enterró una bayoneta sin fusil en el pecho.

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1 Comentario
Fecha: Lunes, 11 de septiembre de 2017 a las 01:09
Rafael Domínguez Losada
El presidente Allende murió por su culpa y, por su culpa, también murieron muchos otros sin opción alguna de defenderse. El pueblo chileno clamaba por ser armado y él se opuso, señal de que no aprendió lo esencial de la historia, que son las formas inescrupulosas fascistas de control.

Al enemigo se le debe dar por donde vino, tantas y tantas veces. Es decir, de su propia medicina; pero... eso no es cosa de cristianos por su moral.

La buena ética antigua enseñaba que se debe respetar o en su defecto atenerse a las consecuencias. Nada que ver con la moral cristiana: ¿Verdad?

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