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Martes, 11 de julio de 2017
"Ni la técnica ni las medidas paliativas pueden modificar la esencia depredatoria de este sistema"

La quimera de perseguir un "desarrollo sostenible" y capitalista

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“No es posible conseguir mediante reformas que se convierta en amigo de la Tierra un sistema cuya dinámica esencial es la depredación creciente e irreversible. Por eso, lo razonablemente reformista es, también en esto, irracional”.
Manuel Sacristán Luzón. Comunicación a las jornadas de Ecología y Política. Mayo de 1979

 

 

 

 

Por JUAN ANDRÉS PÉREZ RODRÍGUEZ /CANARIAS SEMANAL.ORG.-

 

    La idea de que es posible alcanzar un "desarrollo sostenible" en el marco del capitalismo -definido como "aquel que satisface las necesidades de la presente generación sin comprometer las necesidades de las futuras generaciones"- resulta una quimera, dentro de un sistema que requiere de la producción incesante y generalizada de mercancías para asegurar una acumulación sin pausa de los beneficios empresariales.

 

 

 

    De ahí el nulo éxito que han tenido todas las propuestas que abogan por la introducción de "cláusulas ecológicas" para intentar poner frenos a esta dinámica destructiva.

 

 

 

    Esta realidad se puso de manifiesto, una vez más, en las conclusiones de una investigación publicada el lunes pasado, donde se revela que tan “solo 100 empresas son responsables de un extraordinario 71% de todas las emisiones de gases de efecto invernadero desde 1988”, sin ninguna consecuencia política al respecto.

 

 

 

 

    En este informe, elaborado de forma conjunta por Carbon Majors, y Climate Accountability Institute (Instituto para una rendición de cuentas sobre el clima), se relacionan las cuatro multinacionalesa más importantesdel sector energético a nivel mundial que encabezan el listado de estas cien empresas más contaminantes.

 

 

 

 

    El cuarteto de las compañías más sucias lo conforman las poderosas corporaciones ExxonMobil, Shell, BP y Chevron.

 

 

 

 

    Los datos que arroja el citado  informe relacionan claramente los problemas ambientales característicos de la “civilización moderna” con sus verdaderas causas: los procesos de acumulación y reproducción del capital, la necesidad del sistema de hacer crecer, de forma indefinida la "economía" -los beneficios empresariales- mediante el desarrollo de un modelo tecnológico-productivo que somete a los ecosistemas terrestres a una sobreexplotación cada vez mayor.

 

 

 

 

   Pese a las evidencias, el peso de la ideología dominante -encargada de reproducir la creencia de que la "técnica" será capaz de contrarrestar, por sí misma, los efectos de esta contradicción irresoluble- permite que se continúe pensando, ilusamente, que lo necesario no es acabar con el sistema de producción capitalista, sino simplemente  sustituir las energías fósiles por otras limpias y renovables y desarollar tecnologías más "eficientes".

 

 

 

     Es decir, perseguir el objetivo imposible, como en su día advirtiera Manuel Sacristán, de "convertir en amigo de la Tierra, mediante reformas, a un sistema cuya dinámica esencial es la depredación creciente e irreversible".

 

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