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Lunes, 19 de junio de 2017
"De reojo vio como sacaban a una mujer muerta después de haberla violado la nutrida soldadesca"

LA BALA ROJA

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El falange Robaina tiraba tan fuerte de la cuerda al cuello de Alberto Padrón que casi lo ahorcab. El joven palmero se mantenía con apenas los dedos de los pies, desesperado, pálido como la cal viva, ante las risas de los fascistas -escribe Francisco González Tejera - que no paraban de beber ron aldeano (...).

 

A mi inolvidable tío Javier Tejera, allá donde esté, sembrando luz, cantos y sonrisas... 

 

 

 

     El falange Robaina tiraba tan fuerte de la cuerda al cuello de Alberto [Img #49688] Padrón que casi lo ahorcab. El joven palmero se mantenía con apenas los dedos de los pies, desesperado, pálido como la cal viva, ante las risas de los fascistas que no paraban de beber ron aldeano, se divertían como nunca en los rincones más lúgubres de la comisaría de la calle Luis Antúnez de Las Palmas, donde solo se escuchaban gritos desgarradores aquella noche de marzo de 1937, aullidos de dolor de mujeres y hombres sometidos a todo tipo de vejaciones y torturas.

 

 

 

   El hábil futbolista de Barlovento ya no podía más después de casi tres horas colgado. Estaba a punto de dejarse llevar por el dulce encanto de la muerte. Afuera la noche parecía aferrarse al leve olor del salitre.

 

 

   De reojo vio como sacaban a una mujer muerta después de haberla violado la nutrida soldadesca vestida de azul. Era María Candelaria Cabrera, la maestra de Santa Brígida, la novia de su amigo y compañero Chano Hernández, desaparecido desde los primero días del golpe de estado, posiblemente arrojado a la Sima de Jinámar.

 

 

   El muchacho aguantaba lo que podía. Le ayudaba mucho la buena preparación física, los meses que estuvo jugando en el Fútbol Club Barcelona hasta semanas antes del alzamiento militar. Recordaba sus primeras palabras en catalán, la chica que conoció en las fiestas de Gràcia entre luces de colores, besos, música, vino y sonrisas.

 

 

   Robaina tensaba la soga al cuello, Berto resistía, no se quejaba, lo que indignaba al esbirro de las Jons que lo dejaba en volandas unos segundos, hasta que su cara se volvía azul por la falta de oxigeno.

 

 

   Lo conocía muy bien y sabía de su militancia en la Federación Obrera, de su activismo en el Frente Popular, los años que jugó en el Victoria corriendo la banda del campo de España como una flecha, leve como una mariposa en sus pases medidos al centro del área, veloz en sus regates, que dejaban sentado al contrario entre nubes de polvo.

 

 

   Cientos de cuerpos destrozados salían en los camiones del centro de detención con destino a los lugares de exterminio, el de Berto no fue una excepción, parece que lo enterraron en la fosa de Las Alcaravaneras junto a 54 compañeros más.

 

 

  Su camiseta del Barça con el 7 a la espalda se la quedó Julián Batista en el viejo bar de Arenales. Nunca la expuso al público, solo la mostraba a personas de mucha confianza, las que todavía recordaban al estilete palmero, más conocido como la “Bala roja”.

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