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Por Eloy Cuadra
Viernes, 5 de mayo de 2017

No es culpa tuya lo que le pasa a esa viuda minusválida

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Helo aquí, uno de los dogmas sobre el que se sustenta el mundo en el que vivimos: la falacia de la libertad. Somos libres - escribe ELOY CUADRA - para tomar nuestras propias decisiones, y elegir, elegir bien, o equivocarnos, nos dicen (...).

 

    Helo aquí, uno de los dogmas sobre el que se sustenta el mundo en el que vivimos: la [Img #49159]falacia de la libertad. Somos libres para tomar nuestras propias decisiones, y elegir, elegir bien, o equivocarnos, nos dicen. Si eres pobre es porque no te esforzaste lo suficiente, no estudiaste, no aprovechaste las mil oportunidades que la democracia te ofrece. Esta falsa sensación de libertad es la primera idea-fuerza del capitalismo, con ella cualquier responsabilidad social corporativa queda invalidada. Si a ella le sumamos lo mucho que nuestro sistema trabaja para fomentar el miedo de una parte y el individualismo de otra, ya lo tenemos todo para vivir en un mundo feo con un pronóstico aún más feo. Así, en los años que llevo ayudando a familias con problemas, ha sido para mí una constante encontrarme con personas que despreciaban lo que hacía o me llamaban iluso por ayudar, según ellos, a individuos que no lo merecen. Por alguna extraña razón se habían formado la idea de que los que están mal lo están por su propia mala cabeza, no siendo culpa de nadie más que de ellos lo que les ocurría. Entonces no lo entendía, pero estaba claro, funcionaban en ellos de alguna manera esas tres ideas-fuerza de nuestro mundo: libertad, miedo, individualismo. Tres dogmas que aplicados conveniente y machaconamente sobre las personas acaban por construir en ellas pensamientos y juicios muy fuertes que justifican cualquier comportamiento. Tiempo después supe que esto había sido estudiado y teorizado por un psicólogo canadiense llamado Albert Bandura, y lo había llamado mecanismos de desconexión moral. Estos mecanismos, ocho, hacen posible que nos olvidemos de nuestros estándares morales de reconocimiento de los derechos del que sufre y no nos importe que se pisotee su dignidad como seres humanos.
 

 

 

     La justificación moral (1) es el primero de ellos: "El ejército de EEUU arrasó aquella ciudad matando a muchos niños inocentes, es triste pero es parte de la lucha contra el yihadismo". La comparación ventajosa (2) es el segundo: "yo no soy corrupto, para corruptos los del Partido Popular". El uso de un lenguaje eufemístico (3) para suavizar la realidad es el tercer mecanismo, y así llaman "procedimiento de ejecución hipotecaria" a lo que es un deshaucio, o "flexibilizar el mercado laboral" a lo que es el despido libre. El cuarto mecanismo es la minimización o distorsión de las consecuencias (4) de lo que se hace; ejemplos: "no pasa nada si compro ropa fabricada por niñas esclavas en algún país de Asia, no tiene importancia", o "da igual si contamino un poco, alguien lo limpiará". La deshumanización (5) es otro mecanismo, uno de los que mejor funcionan: "no son seres humanos, son escoria comunista". La atribución de culpabilidad (6) es el sexto: "la violaron, pero ella se lo buscó por vestirse tan provocativa". El séptimo mecanismo es el desplazamiento de la responsabilidad (7), muy usado por los que aplican la violencia institucionalizada: "yo sólo cumplía órdenes, no es cosa mía". Y el último es la difusión de la responsabilidad (8): "el ser humano es malo por naturaleza, yo no soy ni mejor ni peor que nadie, todos participamos"

 

 

 

    Y así estamos hoy, con estas visiones del mundo un tanto parciales funcionando a pleno rendimiento en muchos seres humanos a este lado del planeta, en lo individual, y lo que es peor, también en lo colectivo. A saber, la Seguridad Social, ese sentimiento de preocupación por los demás, de renunciar a algo y compartir, hay que sacárselo a la gente de la cabeza como sea. Preocuparse por si esa viuda minusválida del final de la calle tiene suficiente comida o si ese niño puede comprar sus libros es una preocupación social y colectiva. No, no, no... no tienes que pensar así -nos dicen-. Eres una máquina de maximizar riqueza personal y racional, allá con la viuda y con el niño, no es culpa tuya, no es problema tuyo. Y esta cantinela repetida una y otra vez acaba por llevar a la señora elegante y acomodada a decirle a su marido: "¿por qué tenemos que pagar nosotros los servicios a esta panda de holgazanes?" Y por este mismo camino, con mucho de desconfianza hacia el ser humano y cero capacidad de cooperación y renuncia, se construye la idea de que toda empresa o gestión pública de cualquier servicio va a ser deficitaria, porque meterán la mano donde no deben, trabajarán poco o gastarán a manos llenas por ser algo público sin pensar en la eficiencia o el buen servicio. Y así dejamos entrar a las privatizaciones en la vida pública, la política se empequeñece en favor de la empresa y el mercado -mejor decir mercadeo-, y los Ayuntamientos, los Cabildos, los Gobiernos pasan a ser meros colocadores de amigos y repartidores de tartas de lo público, y cuando nos damos cuenta pasa como ahora mismo está pasando en Canarias: poca oferta de colegios públicos de calidad obligan a la gente a pagar a colegios privados por una educación que debía ser pública y gratuíta -pues ya pagamos impuestos para ello-; y poca oferta de hospitales y médicos públicos obligan a la gente a pagar a empresarios por una Sanidad que debía ser gratuíta -pues ya pagamos impuestos para ello-; y poca oferta de plazas públicas en asilos de ancianos obligan a nuestros mayores a dejarse sus pensiones, sus casas y hasta sus herencias en empresas privadas con cuidados dudosos; y tanto o más de lo mismo con los comedores escolares y las guarderías, y con los transportes, y con la gestión telemática de las Administraciones, y con los Registros Civiles, y con el acceso a la información, y con la Seguridad, y con la luz, y con el agua, y con prácticamente todo.

 

 

    Y así llegamos al final de esta historia, el político se ha convertido en un pelele en manos de las grandes empresas, y el resto somos esclavos laborales, consumidores compulsivos y espectadores pasivos. La pregunta que nos queda siempre es la misma: ¿qué hacer? La respuesta también parece clara: adopta un rol, acéptalo y llévalo lo mejor posible. Si eres político o empresario pudiente lo tienes bien, eres un privilegiado, de momento. Si eres del resto de los ciudadanos, búscate la vida, gánatela como mejor sepas sin ser demasiado esclavo, disfruta todo lo que puedas por el camino y no te preocupes por los demás. Y bueno, si te pasa como a mí, y no encajas en ninguno de estos roles, entonces, amigo, lo tienes más complicado, es duro lo que te queda, irás contracorriente, te mirarán raro, te insultarán, te llamarán loco, te dolerá el sufrimiento del vecino y la muerte del lejano, te llenarás de impotencia y rabia, y quien sabe, puede que algún día decidás pasar a la acción, a la acción social o a la acción política, y otra vez te llamarán loco, o fanático, o radical, y de nuevo te insultarán, y te denunciarán, y al final puede que te aplasten, te reduzcan o te manden a paseo más pronto que tarde -recuerda que vas contracorriente-, pero al menos habrás sido fiel a esa voz interior que te dice que el ser humano es bueno, y valió la pena luchar por él y por los futuros venideros.

 

 

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