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Lunes, 1 de mayo de 2017
James Mattis en acción por orden de Donald Trump

AFGANISTÁN: LA VUELTA DEL PERRO RABIOSO

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Apenas 12 días después de lanzar la madre de todas las bombas, la GBU-43/B, o para sus íntimos MOAB (massive ordnance air blast), el jefe del Pentágono, el general James Mattis, mejor conocido por sus hombres como el “Perro Rabioso”, viajó sorpresivamente a Afganistán (...).

 


Por GUADI CALVO / ALAINET.NET.

 

 


      Apenas 12 días después de lanzar la madre de todas las bombas, la GBU-43/B, o para sus íntimos MOAB (massive ordnance air blast), el jefe del Pentágono, el general James Mattis, mejor conocido por sus hombres como el “Perro Rabioso”, viajó sorpresivamente a Afganistán, lo que significa la primera llegada de un alto representante de la administración Trump.

 

 

 

         Junto a la llegada de Mattis, se conocieron las renuncias del ministro de Defensa Abdulah Habibi, y el jefe de estado mayor afgano, Qadam Shah Shahim, tras la incursión del Talibán a la base Balj, sede del 209º Cuerpo del ejército, en las proximidades de ciudad de Mazar-i-Sharif en la norteña provincia de Balkh, el viernes 21 que dejó un total de 135 muertos, aunque el vocero de los talibanes Zabihullah Mujahid, habló de 500 militares muertos, además de informar que el ataque fue en venganza por el asesinato de varios líderes talibanes en el norte del país, entre ellos los comandantes, el Mullah Basir en la provincia de Uruzgan, y los Mullah Toryali y Ahmad en la provincia de Helmand.

 

 

      El cuerpo 209°, es responsable de la seguridad de gran parte del norte de afgano, incluyendo la estratégica provincia de Khunduz, donde el accionar talibán ha desbordado las fuerza gubernamentales, alcanzando a tomar la ciudad capital, Khunduz, a 250 de kilómetros de Kabul, en octubre de 2016 y septiembre de 2015.

 

 

 

       En su mayoría, los muertos eran jóvenes reclutas sin entrenamiento, provenientes de diferentes lugares del nordeste afgano como Badakhshan y Takhar.

 

 

 

       La visita del general Mattis, un veterano de Afganistán, abre la expectativa de que los Estados Unidos, reforzarán, una vez más, su presencia en el país centro asiático.

 

 

      En la actualidad, en el marco de la operación Resolute Support (Apoyo Decidido) de la OTAN intervienen Estados Unidos, que cuenta con unos 9800 efectivos, Europa, con 5 mil efectivos, y un número desconocido de “consejeros”, léase “mercenarios”, de distintas empresas de seguridad occidentales.

 

 

    Mientras el avión de Mattis aterrizaba, “como si alguien lo hubiera sabido” y quisiera alentar la intervención de Washington, dándole material a la prensa y a los senadores que deberán votar la nueva intervención, un coche bomba estalló en la entrada de la base norteamericana Camp Chapman, donde además se encuentran un gran número de mercenarios estadounidenses en la provincia de Jost, en el este del país. El portavoz militar Willian Salvin informó que solo hubo diez muertos de nacionalidad afgana, sin que ningún norteamericano se viera afectado.

 

 

      En plena campaña de primavera, como era previsible, el Talibán, se presenta más virulento, el ataque del viernes pasado fue una demostración de su preparación.

 


      La semana anterior a la incursión a la base de Balj, en dos atentados suicidas coordinados, contra edificios de los servicios de seguridad en Kabul, había asesinado a 16 personas.
 

 

      Los insurgentes iniciaron el ataque el viernes, el día sagrado del Islam, cuando un comando compuesto de 10 hombres, además varios insurgentes que se encontraban infiltrados en las filas del ejército, ingresó a la base conduciendo vehículos militares y vistiendo uniformes del ejército afgano; sorprendieron a la dotación de la base en la mezquita durante la oración y atacaron con granadas propulsadas por cohetes, rifles, ametralladoras y chalecos explosivos.

 

 

     El último ataque de envergadura por parte del Talibán, que podríamos considerar como el inicio de la Campaña de Primavera, se había ejecutado el 8 de marzo pasado contra el hospital militar más grande del país, el Sardar Daud Khan, en pleno centro de Kabul que duró más de siete horas y dejó 42 muertos y más de 120 heridos.

 

 

    Las operaciones cada vez más virulentas y espectaculares por parte del Talibán, podrían apuntar bien a fortalecer sus posiciones en una mesa de negociaciones, a las que llamó el gobierno del presidente Ashraf Ghani en enero de 2016, junto a diversos líderes políticos y señores de la guerra, pero que hasta ahora los hombres del Mullah Haibatullah Akhundzada no han logrado un punto de entendimiento. O bien a forzar un intervención norteamericana, obligando a Washington al juego del gato y el rato, con el desgaste político que eso significa, tras más de 16 años de intervención en el país, sin ningún logro realmente destacable, más allá del formalismo de una democracia tan endeble como absurda para un país milenariamente tribal como Afganistán.

 

 

     Desde finales de 2014, en que la administración Obama retiró la mayoría de las fuerzas de Estados Unidos, seguida rápidamente por el resto de la OTAN, el Talibán ha vuelto a posicionarse, atacando con un sinfín de operaciones al ejército local, que se ha replegado de innumerables posiciones, a pesar de la asistencia tanto de “asesores” como de ataques aéreos occidentales.

 

 

      Prácticamente la mitad del territorio afgano, 15 de las 34 provincias, está bajo control del Talibán o mínimamente en disputa con Kabul.

 

 

      El ensayo norteamericano con la MOAB no le ha puesto mejor las cosas al endeble presidente Ghani, que ha debido soportar una andanada de críticas del establishment afgano, encabezadas por su competidor más inmediata en el ejecutivo, algo así como un vicepresidente con más atribuciones, el pashtu Abdullah-Abdullah, y por el ex presidente Hamid Karzai, por permitir que el país sea usado como campo de pruebas norteamericano.

 

 

 

Guerra sin cuartel entre el Daesh y el Talibán

 

 


     La sorpresiva visita del secretario de Defensa, un hombre conocedor del territorio, pues fue jefe de las tropas especiales tras la invasión norteamericano de 2001, estaría enmarcada en las nuevas políticas internacionales de la administración Trump.
 

 

      El nuevo presidente estadounidense estaría obligado a desplegar no solo en Afganistán sino, como ya lo hemos visto, en Medio Oriente, Somalia y en el mar de la China, un rol más “intenso” presionado por los personeros del aparato militar-industrial dentro de las fuerzas armadas norteamericanas.

 

 

     Por otra parte, el comandante de las fuerzas estadounidenses en Afganistán, general John Nicholson, declaró en febrero ante el Comité de Servicios Armados del Senado de Estados Unidos en Washington que necesita “unos cuantos miles más de soldados para apoyar al ejército afgano”, al tiempo que el Consejero Nacional de Seguridad, el general H.R. McMaster, quien estuvo en Afganistán dos semanas atrás, se informó in situ, del importante crecimiento del Talibán.

 

 

    También el jefe de las fuerzas especiales alemanas, las Kommando Spezialkräfte, general de brigada Dag Baehr en Afganistán, que han tenido la responsabilidad de vigilar el norte del país, informó a Berlín que “la situación demuestra que no podemos dejar de apoyar, entrenar y asesorar a nuestros socios afganos”.

 

 

     Las referencias de los jefes de las distintas fuerzas que operan en el país coinciden que la situación es cada vez más compleja ya no solo por el resurgimiento del Talibán, sino también la cada vez más fuerte presencia del Daesh o Wilayat Khorasan, como se conoce la fuerza del Abu-Bark al-Bagdadí, que opera en Asía Central.

 

 

      La guerra con el Talibán ya ha dejado de ser esporádica: se producen operaciones casi a diario; pocos días después del ataque a la base Balj, se supo que fuerzas de seguridad afgana lograron aniquilar a sesenta militantes del Daesh, que opera junto a la frontera con Pakistán, en las localidades de Deh Bala y Achin en la provincia de Nangarhar, en las cercanías de donde el Pentágono lanzó la MOAB.

 

 

     También se intensifican los enfrentamientos entra ambas fuerzas wahabitas (Talibán y Daesh) que desde hace dos años vienen protagonizado una guerra cada vez más cruenta, fundamentalmente por el control del tráfico de opio, clave para la sustentación de su guerra, que se articula con varios carteles de los países del mar Caspio y especialmente Turquía de donde sigue camino a Europa. Tanto el opio, como su subproducto: la heroína, son, junto a la miel, los únicos productos de exportación afganos, siendo, en el caso de opio, el mayor productor mundial. Los sembradíos de la adormidera (variante de la amapola) de donde se extrae la goma para la fabricación del opio, particularmente en la provincia de Helmand, son el centro de la disputa.

 

 

     Según fuentes rusas, en el norte de Afganistán un enfrentamiento entre ambas organizaciones fundamentalistas dejó casi cien muertos, el último martes en el distrito de Darzab, combates que continuaban hasta la noche del miércoles.

 

 

    La inestabilidad política y la guerra declarada entre el ejército afgano, el Talibán, Daesh y algunas otras organizaciones armadas, vinculadas al tráfico de drogas y el contrabando, convierte al país en una caldera inmanejable, por lo que muchos líderes tribales esperan que Mattis y Ghani lleguen a un acuerdo sobre el envío y aumento de tropas norteamericanas y que el “Perro Rabioso” vuelva otra vez al ataque.

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