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Por Juan Antonio Sánchez
Martes, 21 de marzo de 2017

Descartes de descorches por un brindis al diálogo político

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Algunas veces - escribe JUAN ANTONIO SÁNCHEZ - pienso que la España que tenemos se nos viene demasiado grande, incapaces de aprovechar el potencial humano de nuestros diferentes colectivos, nos empeñamos en mostrar un desapego constante dentro del conjunto rico en cultura (...).

 

   Algunas veces pienso que la España que tenemos se nos viene demasiado [Img #48568]grande, incapaces de aprovechar el potencial humano de nuestros diferentes colectivos, nos empeñamos en mostrar un desapego constante dentro del conjunto rico en cultura, materias primas y riqueza productiva del que deberíamos sentirnos afortunados. Nos afanamos en atrapar más de lo que necesitamos por el manifiesto sentido de la avaricia, desordenamos la solidaridad incapaces de volver a recomponerla cuando así lo necesitamos y mostramos al mundo una desafortunada estampa de sociedad mediocre, aturdida en épocas de austeridad y derrochadora a las primeras de cambio, sin tener en consideración una réplica real del equilibrio social como ejemplo.

 

 

   La circunstancia es atípica, al menos curiosa, durante décadas se ha creído que el Tribunal Constitucional tenía las cosas bien sujetas, en cuanto a normas se refiere, `para apagar los fuegos de artificio que pudiesen provocarse cuando algunos sin prejuicios optasen por tratar a la ley según conveniencia propia, envolviendo sus discursos en una escaramuza desafortunada para los ciudadanos de un sector de la sociedad española, pertenecientes al Estado a pesar de sentirse diferentes por propia iniciativa pero no por sentido común que así pidiese definirlo. No hay lugar a dudas que los perdedores de las candidaturas suelen ser los primeros en aconsejar de manera usurera a los ganadores con la única y malsana intención de hacerles caer a ellos también del escenario político; en definitiva, se niegan a ser meros espectadores en una transigente trayectoria al diálogo, no al referéndum de independentismo o el alejamiento de condiciones favorables a las partes, la sin razón no es debate, tan sólo repercute en crear un clima de euforia que dura lo justo en terminar el discurso y se convierte en esa realidad que se ve, se palpa y es obvia, no en la virtualidad carente de cualquier tipo de argumentación provechosa.

 

 

    La virtualidad de la que hacían gala los representantes del Gobierno actual con Mariano Rajoy a la cabeza cuando se referían al encabezonamiento catalán por lograr un independentismo compulsivo del todo improbable, se ha vuelto una realidad a punto de convertirse en un salto a la ilegalidad de los que entienden como única salida a los problemas económicos, sociales, culturales y laborales de la Comunidad Autónoma Catalana el hecho de desconectarse del resto del Estado español.

 

 

    Enfrentar el problema cultural con el social, tratando de imponer cada cual el suyo en particular y desechando la oportunidad de resguardarlos del fanatismo tan sólo contribuye al derroche de valores y la pérdida de una dignidad para ambos coherente y participativa. Desmarcarse del verdadero problema de España y de la UE creyendo que desde la independencia o desconexión del Estado se conseguirán más beneficios a su causa. Es tan solo una más de las profundas heridas que el rencor del fracaso político abastece a una minúscula parte de la sociedad catalana.

 

 

    Es inconcebible pensar que poniéndose del lado de aquellos que profieren gritos destemplados a las leyes del Estado Español y sus Tribunales, increpando a los magistrados como sicarios del Gobierno o malinterpretando las normas según les convenga se sacará un mayor beneficio en las encuestas; poner sobre la mesa de negociaciones un sí al movimiento independentista catalán y desaprovechar la oportunidad de alejar del poder a la derecha ha sido un golpe duro para muchos ciudadanos y ciudadanas que creían en Podemos como fuerza de choque contra la política del PP y que con su apoyo al PSOE lograrían entre ambos una posibilidad de que ese cambio fuese posible en un futuro próximo. Sin embargo, pudo más la soberbia y el hedonismo del momento, la problemática interna de los partidos se vino a alinear con las escasas probabilidades de lograr ese acuerdo y Mariano Rajoy mantiene una política a su imagen y semejanza que, aunque en minoría, conserva los mandos de la nación con libre disposición a cambiarla de rumbo cuando la necesidad apremie.

 

 

    Se me viene a la cabeza aquel refrán o dicho de la jerga española “mal de muchos consuelo de tontos”, cuando pretendo dar algo de ánimo a mi desesperanza política; para ello “hago de tripas corazón” y miro a EEUU, al excelso mandatario Donald Trump, de marcado perfil dictatorial y maneras poco ortodoxas de manejar la diplomacia, o despliego la vista por Reino Unido, el gran ex representante de la UE a punto de cortar el lazo que le une al continente y me encojo de hombros, como queriendo borrar la insensatez de los que abogan por gastar en armas lo que bastaría para acabar con el hambre en el mundo, o los que piensan en su porvenir como argumento principal para mantener su divisa a salvo de posibles hecatombes bursátiles sin pensar más allá de donde la libra les llegue. Es entonces cuando la razón se confunde con la realidad en una manera extraña de demostrar lo poco inteligentes que llegamos a ser los seres humanos, combativos en la paz y displicentes en la guerra, sumilleres de vino agrio con sentimientos tan vulgares como las líneas y las fronteras que separan las clases sociales y los derechos de todos y todas los que sobrevivimos a tanta humillación humana.

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