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Lunes, 29 de agosto de 2016

Crucifixiones innecesarias

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   El amigo Randy Alonso, desde hace más de diez años uno de los más destacados periodistas cubanos, conductor del programa Mesa Redonda y líder del sitio digital Cubadebate, no merece ser crucificado por un comentario que muchos juzgan desafortunado. Tampoco el deportista Orlando Ortega que, en medio de la euforia de una competencia actuó de un modo que otros consideran incorrecto.

   

 

 

    Las opiniones vertidas a raíz de la conducta de uno de los aproximadamente veinte atletas de origen cubano que compitieron por otros países en la recién finalizada, Olimpíada, están amparadas por el derecho de cada cual, a expresarse libremente, aunque, ética y legalmente este principio tenga límites. Hay expresiones que por su carácter y a veces por la relevancia de quienes las pronuncian tienen efectos extraordinarios, incluso pueden influir en asuntos sociales de carácter nacional.

 

 

 

   Me parece irrelevante averiguar quién le lanzó a Orlando Ortega la bandera cubana y por qué lo hizo cuando el atleta competía por España. Tal vez fue un equívoco, quizás una provocación. Excepto que hubiera tomado las dos banderas, el joven no tenía manera de quedar bien.

 

 

    Renegar del país no es una novedad ni lo invento un deportista. Dicha conducta ha sido usual dentro de un pequeño sector de nativos cubanos que por razones políticas se han cansado de declarar: “Jamás regresaremos a Cuba mientras los Castros estén en el poder”. Otro pidió en plena radio “Tres de días de licencia para matar”. No se refería a una cacería de patos, sino matar compatriotas suyos.  

 

 

  Actualmente, debido entre otras cosas a la civilización global, miles de atletas, también artistas, científicos y gente de todas las profesiones y categorías, aceptan contratos con equipos ajenos a su país y no pasa nada. En el caso de los deportistas, a veces convertidos en ídolos, representan a esos países y en buena lid y en cumplimiento de sus contratos, defienden los compromisos profesionales adquiridos. Tal vez sea preciso aclarar que el internacionalismo existe al margen de las ideologías y las políticas de los gobiernos.

 

 

 

   Actualmente, el deporte es en esencia internacionalista. También existen los intereses laborales de las personas que buscan mejorar sus niveles de vida. Si bien el deporte es un entretenimiento sano, también es un modo de vida, o sea, una manera de trabajar. No es malo y mucho menos reprochable, que alguien ejerza empleos de esa naturaleza. Solo en las Grandes Ligas del béisbol estadunidenses hay cientos de extranjeros. Todos son leales a sus equipos, sin renunciar a sus orígenes, nacionalidades, bandera y cultura. Aunque ese renunciamiento, que por lo general es excepcional, tampoco es delito ni descalifica. Mucho menos es una noticia importante. Conozco personas de nacionalidades diversas que, a los veinte años de vivir en el exterior, cuando le hablan de su país, fruncen el ceño como cuestionándose si realmente alguna vez fueron parte del mismo.

 

 

    El tratamiento del tema migratorio y la consideración de los cubanos que, por su cuenta viven y trabajan en el exterior, es algo casi resuelto por parte del Estado cubano que, para resolverlo, ha realizado reuniones, conferencias y ha cambiado políticas, lenguaje y figuras legales. Abordar esos asuntos de manera superficial, obviamente no es adecuado, especialmente para Cuba que todavía vive una intensa lucha por salir de la guerra mediática que Washington le impuso, con la ayuda de un nutrido grupo de origen cubano.

 

 

    Antes de que Orlando Ortega compitiera y Randy Alonso comentara noticias, ya había personas nacidas en la Isla que acusaban a otros cubanos, de traidores y vendidos a la Unión Soviética, mientras en una reacción defensiva, círculos oficiales y populares isleños los llamó “gusanos” y los declaró apátridas. Obviamente se trata de un tema sensible y excesivamente complicado que, en estos momentos que se avanza por el camino de la recomposición de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba y donde la migración deja de ser un tema político para Cuba, es preferible dejarlo a quienes saben cómo tratarlo. Bastante tenemos con la politización que hacen del tema, Washington y un reducido sector de la derecha cubana de Miami

 

 

 

   El señor Ortega y mi amigo Randy, excelente atleta uno y buen periodista el otro, son productos de una misma y conocida dinámica, al igual que yo y otros millones de compatriotas. Una anécdota, un hecho incorrecto o un comentario desafortunado no debería enemistarlos y en lo posible, debe evitarse. Todo aquello que roce el tema migratorio cubano, por las razones expuestas, debe tratarse con pinzas.

 

 

 

   Tengo entendido que ambos hablaron y se entendieron. De ser así: ¡Pasemos la página! Me parece una diversión de mal gusto politizar sucesos como el de Ortega y estoy seguro que no es interés de los medios cubanos revivir temas amargos y muchos menos, renovar malas prácticas. Un buen árbitro zanjaría el debate con una conocida expresión del baseball: !A juuuugar!. En inglés, diríamos ¡Plaaaaybaaall!

 

 

  Así lo veo y así lo digo.

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