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Viernes, 3 de junio de 2016
"Hoy se hace aún más necesario unir las luchas estudiantiles y laborales"

LA UNIVERSIDAD BAJO EL CAPITALISMO: UNA FÁBRICA DE DESEMPLEADOS

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Hace más de un siglo -recuerda Carlos Sánchez - Carlos Marx alertaba de que en el que en el capitalismo el ejército industrial de reserva o de desempleados se convierteen en palanca de la propia acumulación capitalista (...).

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Por JAVIER SÁNCHEZ / CANARIAS-SEMANAL.ORG.-

 

   Hace más de un siglo que el intelectual, economista, filósofo y político Karl Marx afirmó  que en el capitalismo (libre cambio o neoliberalismo si aún tenemos algún reparo de llamar las cosas por su nombre a estas alturas de la película) «esta sobrepoblación –se refiere al gran ejército industrial de reserva o de desempleados- se convierte, a su vez, en palanca de la acumulación capitalista, e incluso en condición de existencia del modo capitalista de producción». Hoy es una verdad irrefutable  en cualquier país capitalista.

 

 

   Hemos podido ser testigos en primera persona de como ese arma de doble filo llamado desempleo es una herramienta vital para un sistema productivo cuyo avance tecnológico, laboral, económico, y por qué no decirlo, también en lo que se refiere a la comodidad resultante del desarrollo de los aspectos anteriores, no ha ido en beneficio de la mayoría que se ve obligada a vender su fuerza de trabajo -lo único que tiene- sino en el beneficio del dueño de los medios de producción.

 

 

     El desempleo ha sido, y sigue siendo, la amenaza constante contra el trabajador cuyo salario ha dejado de ser un aliciente, para forzar su interés en beneficio de la patronal. Y además, es la bolsa de desempleo que abocada a la desesperación, al hambre, a la exclusión social y la miseria, acepta por imposición las condiciones laborales, sindicales y económicas más paupérrimas de los “nuevos puestos de trabajo” que serán la nueva base sobre la que se asentarán las demandas de la patronal bajo su falso llanto ante el temor de las “pérdidas” ocasionadas por las crisis económicas.

 

 

 

    Pero, las crisis cíclicas del capitalismo han llegado a su punto culminante dejando así a millones de trabajadores no cualificados en el gran ejército industrial de reserva. Esto ha conllevado un gran beneficio para los dueños del capital puesto que este tipo de trabajadores numéricamente superan con creces a los trabajadores cualificados. La ley de la oferta y la demanda afecta al valor de toda mercancía y, la fuerza de trabajo, como otra mercancía más bajo el capitalismo, no se ha quedado impasible ante el cambio de la misma. Así se explica que, con la gran oferta de mano de obra no cualificada, todos los trabajos en activo de la misma, se hayan visto degradados y amenazados ante su pronta sustitución si no se aceptan las nuevas condiciones laborales y económicas.

 

 

    La acumulación del capital no entiende de límites. Ni lógicos, ni ilógicos. De ningún tipo. Tanto es así que, una vez recortado una parte del capital variable -los salarios- de la gran mayoría de trabajadores, abaratando la compra de materias primas fruto de la competencia del libre mercado y con la gran industrialización que permitiese una reproducción ampliada de la mercancía…. ¿qué otro valor quedaba sin pasar por la guillotina del ahorro? Efectivamente, el salario de los trabajadores cualificados.

 

 

    Hace poco tuve la suerte de acudir a una charla del abogado, escritor y represaliado Juan Manuel Olarieta donde abordaba esta cuestión. Juan Manuel hacía hincapié en que toda institución de un Estado sirve al modelo económico del mismo. Y, la universidad, como un órgano más de dicha institución, no iba a ser menos. ¿Sobre qué podría regirse la universidad de acuerdo a los intereses del Estado? Pues sobre la demanda del mercado, según lo reclama el desarrollo del modelo económico del mismo. Porque los recortes en el trabajo no cualificado son  un secreto a voces. Tanto es así que, ya en 1994, mientras en el resto de Europa las ETTs seguían siendo una forma de lucro ilegal, se implantaban con total armonía en nuestro país. Pero, ¿de qué manera está enfocada la universidad y todos esos trabajadores cualificados que salen de ella bajo el capitalismo?

 

 

    Existe un acontecimiento que resaltó el ponente y que además creo que es de vital importancia recordar para observar con la nitidez necesaria lo que estoy exponiendo.

 

 

    A nadie le pasará desapercibida la famosa huelga de los controladores aéreos del 2010. Recibió un aluvión de críticas. Hasta podríamos decir que las críticas más feroces venían de otros trabajadores más que de las propias compañías que veían temblar sus beneficios. ¿El reproche principal? Su salario. Pero el salario de un controlador se extrae de cada vuelo de los miles que hay al día y las mercancías que transporta. De ahí su explicación. Pero tratar el origen del salario sería agua de otro manantial que hoy prefiero no abordar por la temática que quiero tratar.

 

 

     Esta huelga puso de relieve el gran problema que encontraba la patronal: el mercado laboral del trabajo cualificado tenía una demanda laboral inferior que la que tenía un trabajo no cualificado pero también una oferta aún más limitada que su propia demanda. Con ello, los controladores, como en todos los conflictos encabezados por los sectores técnicos, obtenían una victoria sindical sin precedentes. Los dueños de las grandes compañías aéreas no tenían ni el repuesto de los controladores que pudieran normalizar la situación (ni aún con el abaratamiento del despido), ni tampoco una oferta de controladores en situación de desempleo que amenazase los puestos de trabajo activo que desempeñaban los huelguistas. Es decir, faltaba una bolsa de desempleados cualificados con la que poder paliar de una u otra forma el conflicto. Es por ello, que la huelga de los controladores supuso una victoria que dejó al resto del movimiento obrero desconcertado tras la gran suma de derrotas que venía acumulando del sector más dañado, el sector no cualificado.

 

   Pero las victorias y las derrotas no solo sirven al movimiento obrero. La patronal por su parte, también estudia sus resultados. Y utiliza sus recursos a favor de su interés. Es así como el sistema universitario de nuestro país va sufriendo poco a poco su adaptación al modelo americano con los másteres.

 

 

    Juan Manuel explicaba que, en el campo de la abogacía que él mismo desempeña, como sector cualificado, su transformación era visible. Explicaba que en su campo, habían hecho de la esencia del trabajo de abogado una simple mecanización que por una parte desvirtuaba el trabajo convirtiéndolo en una mera rutina sin expectativa de crecimiento personal (laboral) y por otra los “profesionalizaba” en materias concretas. Así relataba él sus experiencias con el alumnado actual que no tenían la certeza en distinguir con claridad las diferencias que existen entre el Tribunal Constitucional y el Tribunal Supremo. Sin embargo, como todos los letreros que anuncian los trabajos de abogacía colgados en balcones, anuncios de periódico y gabinetes, y de los cuales todos podemos ser testigos de ello, sabían redactar y además inmaculadamente todos los papeles que hay que hacer para un recurso en un conflicto laboral, en una resolución de bienes materiales, en un recurso de apelación…, eso sí, cada abogado o gabinete en el ámbito concreto en el que se había “profesionalizado”. Antes un abogado había decidido por vocación su carrera, decidiéndose enfrentar a cualquier caso, desde un divorcio a una herencia. Ahora no, resaltaba Juan Manuel, «ahora, si te vas a divorciar tienes que buscar un abogado que navegue en el campo concreto de tu demanda, o estarás perdido».

 

 

    La patronal ha comprendido la doble importancia que acarrea el trabajo cualificado -y más en estos tiempos- en la producción: por un lado, su reemplazamiento resulta más difícil. De ahí que las universidades, a la vez que negocian con la capacidad adquisitiva del estudiante, hayan sido el refugio de muchos jóvenes y no tan jóvenes en estos tiempos de colapso laboral del trabajo no cualificado. Ésta perspectiva explicaría que con el aumento de la fabricación de mano de obra cualificada desempleada desate una oleada de recortes a un sector que por su posición en la correlación que existe entre la oferta y la demanda en el mercado laboral no se ha visto tan atacado hasta ahora. Por otro lado, y quizás el más importante, el trabajo cualificado controla hoy la producción. Un destacamento que hasta ahora no se contemplaba con tanta claridad. De ahí que el trabajo cualificado, y con la experiencia de la mecanización del trabajo simple, se vuelva cada vez menos dinámico. Que el nuevo trabajador o trabajadora especializada encuentre un abismo diferencial entre lo que estudió y lo que en realidad es su nuevo trabajo es el desencadenante de desvirtuar la esencia del trabajo para no comprender lo que tras de sí podría desempeñar: anular la conciencia del trabajador o trabajadora, su capacidad, frustrar sus expectativas en el desarrollo laboral, simplificar el trabajo para facilitar su sustitución y convertir el trabajo en una mera rutina de producción y nada más.

 

 

    Por eso hoy, se vuelve de vital importancia (si es que en algún momento dejó de tenerla) la coordinación de la lucha estudiantil y laboral sin distinciones salariales. No seré yo quien afirme que la resolución de la contradicción entre el trabajo manual y complejo no requiera la importancia que debe. Ahora bien, se debe comprender y con claridad, que no estamos en la etapa del desarrollo social que ocuparía. Es más, ni siquiera una consigna justa como “la tierra para el que la trabaja” tiene validez alguna dentro del sistema capitalista. Por todo ello, tales consignas deben ser un objetivo centrado por el cual luchar y tener claro que la posibilidad de su realización en la actualidad, bajo el sistema económico imperante, no puede ser más que una ilusión óptica o un simple sueño. Para crear esas nuevas condiciones donde las justas consignas puedan realizarse se precisa de unos nuevos cimientos sólidos donde puedan asentarse, donde tenga cabida el entendimiento, la solidaridad y la persuasión. Y para ello se necesita un nuevo modelo educativo, una economía en armonía con la gran mayoría de la sociedad, unos nuevos valores, en resumidas cuentas: una nueva sociedad.

 

 

   Mientras tanto, no podemos hacer otra cosa que mirar el presente, estrechar los brazos y como dice aquella pintada en el barrio de la Magdalena en Zaragoza: «Recuerda: o contra ellos, o contra nosotros».

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