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Lunes, 1 de febrero de 2016

Las sorpresas de unas elecciones en USA

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   La preparación de las próximas elecciones de noviembre en Estados Unidos ha estado desbordante de sorpresas. No sólo el proceso mismo de elegir a los candidatos ha resultado convulso, sino los signos de inconformidad ciudadana que resultan evidentes por sus simpatías hacia aspirantes que no representan a las administraciones tradicionales del Poder. La tendencia que resulte elegida de esta contienda electoral, posiblemente significará un hito, similar en la distancia, al representado por Theodore Roosevelt al iniciarse el Siglo XX.

 

 

 

    El Partido Republicano enfrenta a Donald Trump, un millonario proveniente del sector de bienes raíces, heredero de fortuna, que hasta hace poco ni siquiera figuraba como miembro de ese Partido. Lo propio ha ocurrido con el Demócrata, donde Bernie Sanders, Senador por Vermont, autoproclamado socialista, quien plantea la organización de un Estado con algunas semejanzas al sueco, pero con mayor énfasis en la transformación de las estructuras políticas, desafía la nominación de Hillary Clinton. Sanders tampoco pertenece al Partido Demócrata y siempre se ha definido como independiente.

 

 

 

   Los dos partidos que dominan la vida política de Estados Unidos, tradicionalmente han tenido sutiles diferencias programáticas. Los republicanos defienden las fuerzas del mercado como reguladoras únicas de la actividad económica y abogan por imponer normas morales de matices religiosos en la vida privada de las personas. Los demócratas se aventuran a plantear la necesidad de ejercer ligeros controles de mercado, inclinándose más por el derecho ciudadano a practicar una moral cívica y decidir ante una preñez no planificada. También son proclives a un control mayor sobre el uso de las armas y defienden garantías materiales mínimas para los más necesitados.

 

 

 

   También los diferencian otros tópicos, pero en esencia se trata de aspectos que no son decisivos en estructurar caminos políticos conducentes a reducir las desigualdades y favorecer un rumbo económico más a tono con los nuevos cambios tecnológicos y la masividad informática y profesional de la sociedad estadounidense actual.

 

 

 

   En esta ocasión, ambas organizaciones políticas han tenido que lidiar con dos candidatos recién llegados a sus filas, quienes a su vez contradicen los principios programáticos de ambos partidos. Por el Partido Republicano, Donald Trump y por el Demócrata Bernie Sanders. En el caso de Trump, sus planteamientos profundizan políticas nacionalistas que, de manera diferente a la empleada hasta hoy, intenta reforzar el espíritu de dominación inaugurado al comienzo del Siglo XX y azuza los sentimientos contrarios a las fuerzas clásicas del Poder, el llamado establishment. Sanders por su parte desafía el status quo, exigiendo de Wall Street y los grandes capitales una cuota real de contribución al medio, establecer nuevas estructuras taxativas, elevar los niveles salariales mediante leyes, proveer de seguro universal a todos los ciudadanos, regulando las prácticas médicas y los sectores farmacológicos, así como establecer procedimientos de trabajo público con miras a la reconstrucción y mantenimiento de las infraestructuras nacionales, de manera tal que se garantice un mercado cuasi permanente de empleo.

 

 

   Si Sanders resultara ganador, la puesta en marcha de sus reformas representarían la primera gran reforma de carácter socio económico, desde la época de Franklin D. Roosevelt pero con matices mucho más profundos y cuya puesta en práctica requerirá de un largo camino. Sería la revolución dentro de la revolución materializada en 1787 con la aprobación de la Constitución y sus Diez Enmiendas.

 

 

   Por su trascendencia y el enorme debate que eso traería como consecuencia, su materialización requerirá de varios años, donde un nuevo Poder tendría que entronizarse y cuya velocidad estará dada por los beneficios que ofrezcan las primeras propuestas que resulten aprobadas. Cualquier fallo en ese terreno representará años de retraso para que el nuevo proceso inicie su consolidación. Para ponerlo en perspectiva digámoslo así: la reforma de salud impulsada por el Presidente Obama, cuya forma terminada no refleja sus planteamientos originales sino los barnices y regulaciones acordadas por el Congreso, está llena de baches, precisamente porque las organizaciones de salud, especialmente las aseguradoras, no pudieron quedar bajo el control del Estado. Eso representa un retraso que despierta dudas especialmente dentro de ese público que desconoce la complejidad del asunto. O sea, lo planteado por Sanders requerirá un éxito tal de las primeras reformas aprobadas, que requerirá para su triunfo con un amplio consentimiento de los cincuenta estados de la Unión Estadounidense. Sólo así se obtendrían los puestos senatoriales requeridos para lograr un cuerpo legislativo enfrascado seriamente en las discusiones y la búsqueda de soluciones relacionadas con dichas propuestas. El problema principal del Congreso en Estados Unidos y los países donde se practica de manera ortodoxa la llamada democracia participativa, es que se tuercen las propuestas, se dilatan sus aprobaciones o se eliminan por compromisos de cabildeo.

 

 

   En esta contienda los partidos tradicionales se están convirtiendo, más que en exponentes programáticos, en simples maquinarias organizativas para canalizar candidaturas. Quizás esto sea el preámbulo de los cambios que se avecinan, donde todo deberá ser cambiado en Estados Unidos, con el debido tiempo y la mejor compostura. Hay un evidente afán en el alma del ciudadano estadounidense por erradicar las trabas surgidas por los turbios y oportunistas manejos de la economía y de la propia política. Esta contienda electoral que se decidirá en el mes de noviembre de este año, ha puesto de manifiesto ese ánimo y demuestra la existencia de un agotamiento social que obliga a colocar sobre el tapete, temas que hace unos años eran grandes pecados.

 

 

   Así lo veo y así lo digo.

 

 

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