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Domingo, 3 de enero de 2016

El eslabón de un 17 de diciembre

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   En la historia de las relaciones Estados Unidos-Cuba, sólo parece interesar aquella concerniente al entendimiento entre los dos Estados. En cambio, un aspecto ineludible está relacionado con la migración cubana. Por sus características, resultaba improbable que se produjera aquel 17 de diciembre del 2014 sin una previa normalización con quienes también resultaron víctimas de las políticas agresivas que precedieron estos años.

 
 

      La primera migración fue fundamentalmente el resultado político de la posición hostil adoptada por Washington frente a un proceso revolucionario de corte nacionalista, animado por reformas sociales y económicas. A la confrontación creada por dicha política, se sumó la incitación a la violencia en su contra.

 
 

     Dos sectores fueron manipulados para esa labor: el conservador, que magnificó los daños que aquella revolución ocasionaría a sus intereses y un gran número de militantes que habían combatido a la dictadura de Batista y que luego de varios años de clandestinaje, guerrillas y subversión armada, imbuidos de criterios sociales no siempre coincidentes con el principal liderazgo, no les fue difícil dejarse arrastrar por las leyendas diseminadas con habilidad por los cuerpos de inteligencia estadounidenses. El fatal resultado fue, que lo que pudo ser resuelto en la arena política, posibilitando un devenir mucho menos accidentado, libre de las violencias a las que recurrió esa falsa oposición y un gobierno envalentonado e injustamente agredido por una potencia extranjera, se transformó en un calvario de problemas. La existencia de un proceso de aquella naturaleza, en un Hemisferio precedido por el poderío estadounidense, sin mencionar procedimientos que luego mostraron no ser del todo factibles, convirtió esa primera etapa del proceso, en una debacle económica y en un derroche de esfuerzos pocas veces visto en la historia. Como consecuencia se produjo una migración política que se extendió por cerca de cinco años, desde 1960 hasta 1965. A partir de esa fecha comenzó otra constituida por personas que querían reunirse con sus familiares y por otros que no querían asumir las dificultades de un proceso que les resultaba ajeno o contrario a sus deseos de vivir con una tranquilidad diferente.

 
 

    En los años ochenta se produjo otra avalancha migratoria, fundamentalmente de carácter económico.

 
 

    La magnitud de esas migraciones, unida a las políticas de la Guerra Fría, la convirtió en una fuerza política dentro de Estados Unidos, descarrilando o entorpeciendo muchos de los esfuerzos que hicieron, tanto el gobierno cubano como el estadounidense, por buscar algún tipo de acercamiento.


 

    De ese proceso se desprende que el 17 de diciembre del 2014 estuviese precedido por otro de normalización entre el Estado cubano y los emigrados, especialmente de aquellos que viven en Estados Unidos, donde la emigración cubana y Washington fueron identificados por muchos años como dos caras de la misma moneda.

 

     El fracaso soviético, su disolución y nuevas consideraciones que la dirección del proceso cubano había comenzado desde hacía unos años, coincidió con la determinación de grupos de cubanos residentes en Estados Unidos de enfrentar los nuevos planes subversivos que una reducida pero poderosa contrarrevolución cubana residente en Miami, volvía a promover al calor del derrumbe soviético. El gobierno cubano por su parte, previa experiencia de acercamientos anteriores con diversos emigrados de Miami en 1978, aceptó con buen agrado a los pioneros de ese año y a los nuevos, que en la década del noventa, con determinación, reclamaron ser reconocidos como cubanos y recibir un trato justo, en concordancia con las políticas migratorias internacionales, al tiempo que con su gesto mostraban su identificación con la Nación y defendían el derecho a su soberanía.


 

    La organización emigrada insignia que mejor representa el diálogo de 1978 fue la Brigada Antonio Maceo. En la década del noventa, tan temprano como 1992, comenzaron los Seminarios de Democracia Participativa, dirigidos por Amalio Fiallo y organizados por Nicolás Ríos. Este último fundó la Revista Contrapunto, circulando por vez primera en las bibliotecas y otros centros de Cuba. Esos dos acontecimientos, contribuyeron para acercar a sectores emigrados cubanos de Estados Unidos, con autoridades del gobierno, del Partido, instituciones estatales diversas, centros educacionales y gente de pueblo en general, a lo largo y ancho de la Isla. Ambas partes se conocieron; confraternizaron y mutuamente tendieron puentes de entendimiento. El ritmo y seriedad de esas actividades, permitieron ofrecer la cara más representativa de los cubanos que habían escogido vivir en Estados Unidos, contraponiéndolos a la contrarrevolución y a los terroristas que habían regido y simbolizado por cuarenta años a los cubanos de Miami. Esas actividades y otras, igualmente importantes, pero menos altisonantes, prepararon el terreno para los futuros encuentros multitudinarios de emigrados que se realizaron a partir de finales de 1993.


 

   Fue un proceso largo, que requirió de mucha paciencia, tanto del gobierno como de los emigrados. Su camino estuvo empedrado de éxitos y fracasos, donde no estuvieron ausentes ingratitudes de una y otra parte. Pero al final las relaciones se han normalizado y hoy podemos decir que el cubano vuelve a estar definido por su nacimiento, no por el lugar donde vive. Hoy, casi todas las medidas de emergencia que aislaron a la migración cubana de su país natal y que por años lo presentaron como un enemigo, han sido colocadas en los fríos anaqueles de la memoria. El gobierno cubano ha envainado sus espadas frente a esas mayorías emigradas que jamás las blandieron. En actitud hostil sólo quedan unos pocos que no aceptan siquiera su derecho de ser considerados cubanos, regresar a sus pueblos, pernoctar en ellos, vivir allí si lo desean y recuperar las reales memorias que por siempre y a su pesar si fuera el caso, los identificarán.

 
 

    Sin esa normalización entre todos los cubanos que componemos la Nación, las relaciones con Estados Unidos hubiesen sido muy difíciles, llenas de escollos y quizás a estas alturas, las relaciones diplomáticas no hubiesen comenzado.  

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