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Lunes, 14 de septiembre de 2015
A propósito del acercamiento entre EE.UU. y Cuba

Normalización, un camino apenas comenzado

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    El acercamiento con Cuba, iniciado recientemente por Estados Unidos bajo la presidencia de Barack Obama y aceptado por Cuba, bajo la presidencia de Raúl Castro, no es fortuito sino la única opción.

 

 

   No hay dudas que quien rompió las relaciones con Cuba fue Estados Unidos en 1961, bajo la presidencia, en aquel entonces, de Eisenhower. Por consiguiente, de los dos países el único que podía tomar esa decisión era Estados Unidos de América.

 

 

    Pero esta no llegó por sí sola, sino forzada por las nuevas circunstancias internacionales, donde la disputa ya no es entre dos bravucones cuyos territorios desbordaban de cohetería y bombas nucleares, sino por la presencia de otro país, también próspero y en crecimiento, armado además hasta los dientes: China.

 

 

   Este país asiático ha ido tejiendo un manto de relaciones con otras naciones, con un colorido diferente al tradicional de Washington y de la URSS. Su agenda no pide a cambio de sus gestiones, respuestas de políticas internas y no apela a organizar obscuras organizaciones rayanas en lo clandestino, manejadas desde Pekin. Su liderazgo en el Asia y la existencia de un Vietnam, exitoso también en la Administración de su economía de mercado, contribuyen a reforzar su papel. Dentro de este escenario ha regresado Rusia al ruedo mundial. Explotando el sentimiento nacional que reclama el liderazgo perdido, se ha enfrascado en garantizar nuevamente sus fronteras, modernizar su industria y actualizar un armamento que a nivel de inventario nuclear está a la par de Estados Unidos. China y Rusia hacen gigantescos planes para unir la inmensa masa territorial que poseen, a través de modernos sistemas de comunicación terrestre.

 

 

    A China no le interesa, en apariencia al menos, llevar su experiencia política a otros países, sino sus mercaderías y por el momento, alguna tecnología. De esas naciones sólo quiere sus materias primas y sus productos agrícolas. Suramérica es más y más cada día un mercado “made in china”.

 

 

 

    Ante esa situación Estados Unidos, coincidiendo con la presidencia de un hombre con valores sociales éticos, decidió lo que desde hace tiempo sus estructuras de Poder andan analizando y planeando. Obama no produjo un milagro. Ciertamente Obama administra esa inmensa maquinaria estatal y tiene sentimientos que lo hacen idóneo para una decisión de esa naturaleza, pero fueron los factores enunciados y esa propia maquinaria de Poder, los que hicieron posible que tomase semejante decisión.

 

 

 

    Con este gesto Cuba resulta beneficiada, pero no ha sido un triunfo como consecuencia de su feroz resistencia frente a las agresiones. Es cierto que durante cincuenta y cuatro años estuvo agredida resistiendo sin rendirse a las exigencias del Norte. Pero si las circunstancias no hubiesen cambiado, hubiese estado cincuenta y cuatro años más sometida a las mismas presiones. Haber tenido que esperar cincuenta y cuatro años para que suspendieran parcial o totalmente las agresiones no es un triunfo, sino una gran tragedia de lesa humanidad ocasionada por un poderoso vecino, supuestamente defensor de los Derechos del Hombre, las libertades y la democracia. El mérito cubano está en haber defendido su derecho a organizar la sociedad y el Estado con criterios que prioricen lo social por encima de lo individual, haciendo prevalecer tan loable empeño. Pero el costo ha sido elevado y el camino apenas comienza. La paciencia estoica de un pueblo, convencido por su liderazgo a confiar en un sueño que nadie ha logrado, trocando sus esperanzas en una acción casi suicida de esperar tres generaciones para entonces comenzar a andar, avala esa resistencia, pero también deja dudas por despejar.

 

 

 

    Ahora quedan por resolver los problemas causados por la política del Norte y las malas decisiones administrativas de La Habana. A nivel de la legislación federal es necesario desmontar el entramado de Leyes contra Cuba, aprobada por las presiones del grupo fanático de origen cubano, cuando ellos eran la regla de oro para decidir las relaciones bilaterales de Washington con La Habana. Hasta que ese andamiaje no desaparezca, el camino hacia la normalización será intransitable. NI siquiera montado en burros se podrá avanzar. También buscar una salida airosa al asunto de la Base de Guantánamo, una herida resultante de la ocupación militar estadounidense de la Isla en 1898. Y por último pero no lo único, llegar a acuerdos viables respecto a los costos materiales de ambos países.

 

 

    Las posibilidades de que todo lo anterior ocurra y se resuelvan otras anomalías de la agresiva política estadounidense, están favorecidas porque el sector irracional de los pocos conservadores de origen cubano que van quedando tienen definitivamente cerradas las puertas de la Casa Blanca, cuyo huésped principal tiene año y medio más para ir parchando ese camino y hacer posible la normalización.

 

 

    Así lo veo y así lo digo.

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