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Martes, 8 de septiembre de 2015

Semillas de la democracia estadounidense

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   Ningún proceso social es lineal. Mucho menos el nacimiento de países o de nuevos sistemas. Estados Unidos de América es la excepción. Su comienzo ocurrió en tierras vírgenes, pobladas por una escasa civilización indígena cuyos asentamientos aún no requerían de infraestructuras mínimas de comunicación. No tenían un prototipo de Estado y la religión les resultaba ajena. En lo religioso prevalecían los tótems y como creencia espiritual, los mitos y tabúes.

 

 

     Dentro de semejante asepsia histórica se inició la formación del país que iniciado por famélicos hombres y mujeres, dispersos o agrupados en núcleos que no sobrepasaban unas pocas decenas, en menos de 300 años (entre 1607 a 1898) le impuso a Europa y al mundo en general su presencia y sus dictámenes, en detrimento muchas veces del bienestar de terceros.

 

 

     El proceso lineal se interrumpe alcanzada la complejidad internacional que nace en el siglo XX. Dos guerras mundiales e interminables conflagraciones, donde los países técnicamente atrasados resultaron los agredidos y no pocas veces víctimas de genocidios, junto a la competencia corporativa y nuevas reparticiones del mundo, despertaron inquietudes en una sociedad donde el Poder es aún prevalecientemente blanco, pero étnica y racialmente múltiple y cuyos criterios son hoy más cercanos a la realidad, gracias al influjo de las comunicaciones y la información moderna.

 

 

    Los dos primeros asentamientos coloniales, resultado de contratos comerciales, fueron el de Virginia y el de Nueva Inglaterra. Ambos eran diferentes pero implementaron prácticas sociales, unas partiendo del grupo y otras individuales compuestas de familias aisladas, con tendencias al autogobierno y la participación. Poco a poco los dos grupos crecieron, aumentaron su número por los contratados que llegaban del viejo continente y con los nuevos migrantes en busca de mejores condiciones de vida. Los otros primeros asentamientos del siglo XVII, tuvieron lugar entre el centro y el norte del Continente, entre la Virginia de hoy y Maine. Las comunidades se hicieron más complejas pero aun así prevalecieron y se fortalecieron los rasgos generales de convivencia, administración y toma de decisiones del origen.

 

 

   Tanto los empleados y accionistas de las compañías autorizadas por las Cartas Reales para ejercer y explotar los territorios reclamados por la Corona Británica, como los migrantes que por otras vías se sumaron a ellos, trajeron consigo los hábitos de autogobierno característicos de los pequeños condados y poblados de Inglaterra.

 

 

    Los de Virginia, gran parte de ellos provenientes de Devon (suroeste de Inglaterra), por razones de sus características geográficas y el cultivo del tabaco, se instalaron a lo largo de los ríos, en familias individuales dedicadas a ese tipo de agricultura. A medida que crecían, apelaron a la experiencia de los sheriffs, jueces de paz y cortes condales existentes en Inglaterra. La lejanía entre una y otra plantación acentuó la independencia y los hábitos de autogobierno. Aun cuando el surgimiento de poblados fue lento, las comunicaciones de las plantaciones a través de las vías fluviales hizo posible continuar desarrollando el sentido comunitario, estimulado a su vez por prácticas asamblearias y encuentros religiosos regulares.

 

 

   En Nueva Inglaterra, la existencia de los Peregrinos, con su afán de sostener la unidad del grupo e impedir la “contaminación” con otras creencias o hábitos, se acordó fundar aldeas alrededor de las cuales se nucleara el grupo. En las afueras de estas aldeas se distribuyeron parcelas para que las familias las atendieran y  en un comienzo, la iglesia fue el centro de reunión. La práctica religiosa consistente en designar por acuerdo al predicador del culto dominical, se extendió rápidamente a la vida del pequeño grupo social, a la hora de escoger los administradores del poblado. En la medida que creció la población y se hizo necesaria una organización más compleja, el mecanismo de designar por elección a sus representantes, siguió siendo parte esencial del procedimiento público.

 

 

    Esta forma de administrar las necesidades sociales y el ejercicio de autogobernarse que trajeron consigo de las dispersas aldeas del sur de Inglaterra y de otras pequeñas regiones de donde provenían la mayoría de los primeros colonos, fueron la semilla fértil que finalmente condujo a la aprobación de la Constitución de 1787.

 

 

    Si los antecedentes ingleses que influenciaron en las normas democráticas de gobierno aplicadas por los colonos, no ejercieron el mismo rol en Inglaterra, se debió a que la Revolución que allí estaba teniendo lugar, debía luchar con viejas normas y la existencia de una aristocracia feudal. Estos aspectos eran inexistentes en el nuevo contexto. No había banqueros, políticos al uso de la época, funcionarios palaciegos, corredores de bolsa y otras actividades que afloraban en medio de convulsiones y la  resistencia entre las viejas y las nuevas prácticas. La necesidad de supervivencia primero y la estabilidad después, los llevó a la forja de valores comunes.   

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