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Lunes, 7 de septiembre de 2015
"El origen profundo de la crisis no es la especulación financiera"

EL PAPELÓN DEL DÓLAR

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   Por VICENTE SARASA (*) / CANARIAS-SEMANAL.ORG.- Conscientes de la necesidad de análisis más precisos y detallados, venimos apuntando que, en realidad, la crisis que estalló en 2007 en los países centrales del sistema capitalista viene de lejos en el tiempo pero de muy cerca en el espacio. Que en su origen profundo, esa crisis no es de especulación financiera (esta es solo una fase de su expresión) sino que sigue respondiendo a las clásicas causas que descubriera Marx (ley decreciente de la tasa de ganancia, superproducción de capital, etc.). Que comenzó a manifestarse en los 70-80 del siglo pasado en el mundo más industrializado y que, durante décadas, fue exportada a la periferia del sistema mediante la deuda externa. Es así como se transformó en financiera, y tras varias sacudidas por toda la periferia durante los años 90 y principios de este siglo, finalmente regresó en 2007 de forma redoblada al mismo centro que la originó, también ya bajo un “formato financiero”. (1).

 

 

 

   La historia posterior es más conocida. Los rescates bancarios transformaron, esta vez dentro del “mundo más avanzado”, la crisis en una “crisis de la deuda” de los Estados con los consiguientes programas de “recortes” sociales.

 

 

 

 

   Pero también hemos señalado que esa crisis sistémica no podía dejar de exacerbar las propias contradicciones dentro del mismo capitalismo más desarrollado. Y que esas contradicciones terminarían por poner en cuestión la propia hegemonía de los EEUU. Al respecto, escribí el artículo “Y que los de abajo nos enteremos… (la importancia de poner el acento en las contradicciones interimperialistas )”, donde se decía que “sólo sobre la prolongación de la guerra (caliente si es preciso) o de la simple amenaza permanente de la misma a nivel mundial (…) los norteamericanos pueden basar sus aspiraciones de prolongar su hegemonía.” (2).

 

 

 

 

   Pues bien, en ese escrito se mantiene que una de las herramientas “menos belicistas” que han venido utilizando los EEUU para imponer y prolongar una hegemonía que no tiene tanta base real es la divisa del dólar: haciendo de su banco central (la FED) el banco central emisor mundial de esa moneda… nacional. Precisamente ahora –tras hacérsenos creer que la crisis se estaba dejando atrás- los acontecimientos económicos en China nos traen a la palestra que esas contradicciones a nivel mundial no podían dejar de hacer entrar a esa-misma-crisis-que-viene-de-lejos en una fase de “guerra de divisas”. Convendría, por tanto, hacer un pequeño repaso del papel preponderante que el dólar terminó por jugar en el comercio mundial en tanto que moneda-papel (en el sentido más estricto del término papel). Con esa idea, un poco más abajo aparece un extracto del artículo del año 2006 antes mencionado; extracto que trata de este asunto y lo pone en relación con la necesidad estadounidense de “desestabilización mundial”.

 

 

 

 

 

   Pero antes -teniendo en cuenta la actualidad, y a prácticamente una década de ese escrito que ahora extractamos- digamos que la siguiente tesis establecida también entonces toma todo su sentido: [si] el imperialismo de EEUU no tiene la fuerza para ser la única potencia sin discusión (…) sí tiene todavía (y por bastante tiempo) la suficiente para que no haya dos iguales.” (3). Baste con ver cómo, de momento, EEUU ha logrado exportar dentro del mismo mundo más desarrollado e industrial las “turbulencias financieras” y ha contagiado a otras divisas la propia debilidad de la suya hasta el punto de hacerla aparecer por momentos con fuerza renovada. Hay que celebrar que hoy -al contrario de lo que ocurría hace años, cuando se exageraba el dominio y la fortaleza de los EEUU, que aquel escrito de 2006 criticaba- hay que celebrar, decimos, que sean muchas las “voces expertas” que, en medio de la devaluación del yuan, estén recordando que aunque el dólar siga postulándose como valor refugio en medio de los sobresaltos económicos internacionales, en realidad, quien habita dentro de la guarida es un “tigre de papel”. Y nunca mejor dicho, con el debido permiso de Mao.

* (Extracto de “Y que los de abajo nos enteremos…”, 2006)

 

 

 

   Hasta finales de los 60 el hecho de que la hegemonía estadounidense sea apenas contestada dentro del mundo capitalista avanzado no sólo resulta de necesidades comunes de orden geopolítico e ideológico impuestas por la Guerra Fría, sino que tiene una base económica real; esta, sin duda, reforzada por la distinta suerte con que se había repartido la destrucción (…y la ¡no destrucción!) de las dos guerras mundiales. Fijémonos en la distribución mundial de reservas de oro, en una época en que esta moneda jugaba aún un rol, si no exclusivo, aún muy importante en los intercambios comerciales internacionales. Tras la Segunda Guerra Mundial los EEUU acaparaban los dos tercios (¡!) de dichas reservas, culminación de una escalada que venía desarrollándose ya desde hacía tiempo, y que no podía sino representar una diferencia real incontestable del peso de la economía de Estados Unidos en el mundo que se iba a mantener durante lustros.

 

 

 

 

   Sin embargo, será precisamente esa diferencia abismal de reservas de oro en los estertores de la Segunda Guerra Mundial, la que lleve a inocular el virus del parasitismo posterior (y actual) del sistema estadounidense. En 1944 los Acuerdos de Bretton Woods institucionalizan el absurdo de poner al mismo nivel el oro que el dólar. Aunque dicha nivelación pudiera parecer justificada por la falta de moneda en oro suficiente para garantizar los intercambios comerciales mundiales, a fin de cuentas se estaba confundiendo dicha moneda real (el oro) con un papel moneda (el dólar) y convirtiendo la banca central emisora de billetes de un país (los Estados Unidos) en la del resto del mundo. En definitiva, se estaban sentando sólidas bases para que en el futuro este país pudiese exportar sus eventuales deudas y crisis al resto del mundo; al resto del mundo, es decir, desde el “tercero”…al “primero”. Precisamente será un representante cualificado de este (del “primero”), De Gaulle, quien en 1965 hable del “privilegio desorbitado” que venían poseyendo los norteamericanos en cuestiones de emisión de moneda y que le lleva a “endeudarse gratuitamente a costa del extranjero” (Conferencia de Prensa en el Palacio del Eliseo, el 4 de febrero de 1965).

 

 

 

 

    No obstante, durante muchos años, y tras dichos Acuerdos de Brettons en que se inoculó ese virus del parasitismo de los Estados Unidos, el mismo va a coexistir con una “macroeconomía” en este país todavía relativamente “sana”, y su portador no tendrá todavía gran necesidad de desarrollarlo. Será con el tiempo, que los inmensos gastos del aparato estatal estadounidense, principalmente militares, así como el desarrollo (el retorno, habría que decir) de otros polos de desarrollo capitalista, sobre todo en Europa y Japón, se encargarán de ir minando las bases materiales (reales) sobre la que se había edificado la hegemonía yanqui.

 

 

 

 

   Ya desde 1961 se constituye un Pool de países ricos (principalmente Japón y Alemania) que ponen sus reservas de oro a disposición de los norteamericanos para que estos cumplan su obligación de respaldar los papeles dólares que sólo ellos imprimen. Esta “generosa solidaridad” entre estados capitalistas desarrollados va durar hasta 1971, año en que Nixon, en plena guerra de Vietnam, decide no respaldar más con oro los dólares que imprime. A partir de ahí, el papel (dólar) sustituye definitivamente al oro como moneda, aprovechándose también de la inercia de décadas en que efectivamente se había impuesto en los intercambios internacionales y se había atesorado (falazmente) como sustituto total del oro. Tanta generosidad y condescendencia de los otros países capitalistas desarrollados para con los Estados Unidos no podía sino explicarse (y alargarse) evidentemente que por razones propias de la Guerra Fría: había que mantener al gendarme occidental tal como se sostiene a policía y militares propios.

 

 

 

 

   En cualquier caso, lo que queda claro es que desde los comienzos de los 70, con esa decisión de los Estados Unidos de imprimir sin más una buena parte de su riqueza, había sonado la hora definitiva para que el virus del parasitismo norteamericano comenzara a manifestarse como nunca hasta entonces. Puede afirmarse que es justo entonces cuando se constituye la base monetaria de la exportación de esa crisis crónica de los Estados Unidos, consistente en un ciclo interminable y creciente de déficit tanto comercial como financiero, a excepción de algún que otro momento de superávit oficial durante el mandato de Clinton. En los últimos años la cosa no hace sino empeorar. Según el International Herald Tribune del 18 de septiembre de 2006, y tal como se hace eco en parte El País del día siguiente, el déficit exterior de los Estados Unidos ronda ya los 800 mil millones de $ por año, representando el déficit corriente el 6,6% del PIB, cuando, por ejemplo, la UE instituyó en su día la posibilidad de abrir expedientes a los países que superaran el 3%.

 

 

 

 

    Como era previsible, la primera potencia mundial ha pretendido en parte lidiar sus gigantescos déficits con la exclusividad legal que tiene de imprimir los dólares que debe y de hacer bajar o subir el valor de estos. Pero como la riqueza no se puede imprimir, sino a lo sumo “transferir”, esas maniobras “mágicas” no se han podido llevar a buen puerto sino a costa de otros. Resulta, pues, que los Estados Unidos están ejerciendo una “considerable influencia negativa (…) en la economía internacional, como consecuencia, entre otros factores, de la descontrolada emisión de dólares para pagar productos y servicios por encima de su real poder adquisitivo, ‘papeles que ya la gente no quiere atesorar’. (Fidel Catro, según Granma, informando sobre una importante reunión de su Partido el 1 de julio de 2006). No es probable que el International Herald Tribune sea acusado por la Adminsitración Bush por colusión con el vecino mandatario enemigo, pero no dice otra cosa cuando en el artículo mencionado anteriormente se atreve a comentar en “voz alta”: “Hasta ahora, los extranjeros se han mostrado muy contentos de recibir dólares a cambio de las compras norteamericanas de coches, televisiones y petróleo extranjero. Pero la cuestión es qué pasaría si en un momento dado los extranjeros decidieran que quieren poseer menos valores y divisas en dólares.” Por nuestra parte, ha de insistirse en que la insostenible situación norteamericana, incluso desde el punto de vista de la “economía de mercado” que tanto dicen defender, se viene sosteniendo artificialmente desde hace mucho tiempo.

 

 

 

   Efectivamente, a partir de los 70 esa riqueza norteamericana, cada vez más “por encima de su real poder adquisitivo” es en gran medida responsable de la conocida ruina total en que se encuentra gran parte del tercer mundo, sin por ello exculpar, por supuesto, al resto de países “avanzados” ni a las camarillas locales en los países dependientes. Pero lo que más nos interesa destacar en este escrito -por lo que tiene que ver con la agudización de las contradicciones interimperialistas, que es, en definitiva, lo que históricamente está en la base de las mayores desestabilizaciones y conflagraciones mundiales-, lo que más nos interesa destacar ahora, decimos, es que los propios países avanzados capitalistas, afectados por la larga doble crisis económica y social que se inicia en todo el mundo industrial en dicha década de los 70, ven en el estado y sistema norteamericanos un fardo y un obstáculo a sus propias “necesidades” expansionistas; un estado norteamericano, al que ya sólo les podía ligar, como hemos señalado, la “amenaza soviética”. De ahí que cobren vigor las tendencias a formar bloques económicos, como en Europa, y a crear o a fortalecer monedas que puedan sustraerse del yugo del dólar, tal como se pretende con el ecu que finalmente devendrá el euro. Y a partir de ahí, de que pueda llegarse a una situación donde una buena parte de importantes países considere muy seriamente la posibilidad de asegurar mucho más el valor de sus riquezas en otras monedas distintas del dólar, alejando así el temor de que se les esfume por tenerlo casi todo representado en la divisa estadounidense. Por cierto, en este sentido estrictamente económico, recientemente se ha pronunciado el Presidente venezolano Hugo Chávez, apoyando la iniciativa planteada en su día por Irán; aunque ciertamente este país estuviera también guiado por las conocidas consideraciones geopolíticas en torno a las amenazas anglosajonas contra él.

 

 

 

 

    (…) El meollo de la cuestión de la inestabilidad internacional permanente actual estriba en que el problema de los déficits americanos y de su estándar de vida muy superior al de su poder adquisitivo real no puede resolverse con correcciones estrictamente económico-monetarias; lo que en su caso equivaldría a que los norteamericanos aceptasen de buen grado que no pueden continuar ejerciendo su hegemonía como antes. Y esto no es posible porque, aparte de las grandísimas fortunas y negocios que son consecuencia de esa hegemonía, los Estados Unidos han construido un sistema económico-social que, lejos de la pantalla del neoliberalismo que tanto promulgan y exigen a los otros, está ultraprotegido por una serie de leyes y de medidas que precisamente sólo se explica por el rol hegemónico que ejercen en el mundo. Así, al margen (y nunca mejor dicho) de sus 40 millones de pobres, los Estados Unidos históricamente se han “preocupado” de crear su propia bodyguard (guardaespaldas) interior (Howard Zinn): una amplia clase media dopada por una financiación sin igual en el mundo, si tenemos en cuenta la facilidad con que se conceden los préstamos a empresas y familias en comparación, incluso, con otros países desarrollados. Además, durante décadas en ese país se han aplicado sustanciosos planes sociales empresa por empresa –de paso, sin sentimiento de culpabilidad por estatismo social– en un mundo de grandes industrias que está al abrigo, igualmente como en ninguna otro país, de tener que responder a la banca (nacional e internacional) en caso de quiebra (capítulo VIII de la Constitución.) A día de hoy ya alcanzan la decena las grandes empresas que se han acogido a este capítulo, entre ellas, la famosa Enron. En definitiva, estamos hablando de que los Estados Unidos desde hace décadas vienen ejerciendo toda una “generosidad financiera” hacía el interior del país mientras siguen buscando en el extranjero –y ¡ay, si no se encuentran!– 2000 millones de dólares todos los días.

 

 

 

 

    Es pues la propia estabilidad del particular sistema norteamericano la que depende de su hegemonía mundial. Y si fue la Guerra Fría la que, en definitiva, hacía que esa propia estabilidad fuese deseada por europeos y japoneses en contra de sus propias tendencias expansionistas autónomas, tras el fin de aquella, sólo sobre la prolongación de la guerra (caliente si es preciso) o de la simple amenaza permanente de la misma a nivel mundial pueden basar los norteamericanos sus aspiraciones de prolongar el sometimiento de aquellos países a su hegemonía. Por eso será larga la guerra contra…el “terrorismo” y estados del eje del mal, porque “largo” y peliagudo es el desafío que tienen que resolver los Estados Unidos: asegurar su hegemonía contra vientos enemigos y mareas… “amigas”.

 

 

 

 

    Debe quedar claro que, en ningún caso, se trata de negar el elemento económico clásico de conquista de mercados, sobre todo hoy de energía, que efectivamente existe en las guerras actuales norteamericanas. Aún menos se trata de obviar que los estadounidenses quieran impedir el establecimiento de potencias regionales contrarias a sus intereses geopolíticos tales como Irak o Irán; o, cómo no, el de potencias suprarregionales “antioccidentales” como Rusia y China. Tan sólo se quiere insistir –y tanto más porque es algo que apenas se tiene en consideración- en que, detrás de esos factores que ciertamente juegan un rol, debe resaltarse el papel de fondo que supone la necesidad cotidiana imperiosa de los norteamericanos de someter a sus propios “socios” occidentales, y de impedirles que den vía libre suelta a sus tendencias imperialistas una vez desaparecido el gran enemigo común.

 

 

 

 

(*) Vicente Sarasa, militante de Red Roja

 

 

 

Notas y referencias:

 

(1) “La crisis boomerang”. Escrito que firmé como Ernesto Martín y que puede leerse en La Rosa Blindada: http://www.rosa-blindada.info/?p=475

(2) Puede leerse el texto completo en: http://cadizrebelde.org/index.php?option=com_content&view=article&id=290:y-que-los-de-abajo-nos-enteremos&catid=40:debate&Itemid=73

(3 ) “La importancia del análisis internacional” (http://cadizrebelde.org/index.php?option=com_content&view=article&id=291:la-importancia-del-analisis-internacional&catid=40:debate&Itemid=73)

 

 
 

 

 

 

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