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Domingo, 16 de agosto de 2015

Ojalá Washington no vuelva a equivocarse

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   De joven, durante mi primera incursión en busca de una profesión que estudiar, escogí sicología ante las limitadas opciones que entonces tenía. Estaba preso, guardando condena por sedición. Entre las primeras cosas, aprendí que la ira es resultado de la impotencia por alcanzar ciertos objetivos que nos proponemos. Aprendí además, que mientras más desproporción exista entre esos objetivos y la realidad, mayor y más agresiva se torna.

 

 

   En el día de hoy, 14 de agosto del año 2015, la bandera estadounidense fue izada en lo que será, de ahora en adelante, la Embajada de Estados Unidos en Cuba. Con ese gesto simbólico, quedaran atrás 54 años del rompimiento de las relaciones diplomáticas entre ambos países. En enero de 1961, Estados Unidos rompió unilateralmente las relaciones diplomáticas con la Isla.

 

 

    Previo a ese rompimiento, los organismos de inteligencia estadounidense, en coordinación con el Departamento de Estado, crearon un clima de desinformación y reclutamiento de personas en Cuba, para conspirar en contra del gobierno provisional que sustituyó a la dictadura de Batista.

 

 

    El control de intereses estadounidenses, aún existente en algunos medios y sobre algunos periodistas, ayudó a ese propósito. Existían además un numeroso grupo, la mayoría de la clase más adinerada, con fuertes vínculos con Estados Unidos, ya fuese con compañías o gente de gobierno, que no se atrevían a contravenir cualquier asunto no autorizado previamente por Washington.

 

 

    Posteriormente al rompimiento unilateral de Washington con La Habana, tres meses despuñes, en abril de 1961, desembarcaron por el sur de la Isla 1500 cubanos de origen, armados con tanques, artillería y fusiles de diversos tipos apoyados por aviones B-26. Estos hombres fueron equipados y entrenados por Estados Unidos.  

 

 

    La suerte estaba echada. La  negativa de Estados Unidos a aceptar un proceso que indicaba ser nacionalista, con pretensiones de poner en vigor los aspectos más reformistas de la Constitución de 1940, en especial el agrario y la inminencia de que quienes derrotamos la dictadura de Batista por haber violado esa Constitución, iríamos más allá y reformaríamos el sistema político de partidos políticos corruptos existentes, llevó a unos miles de hombres a conspirar, aterrorizar y combatir bélicamente al gobierno revolucionario provisional en ese entonces.

 

 

   Allí hubo de todo. Unos actuaron conscientemente y otros fueron llevados por el oleaje de informaciones encontradas,  cerrando filas incondicionalmente con los proyectos que Washington tenía en aquella época y con el ejército y los órganos de inteligencia estadounidense.

 

 

    Todo lo ocurrido fue provocado por razones ajenas a los intereses de Cuba y la política instrumentada para derrocar al gobierno de Cuba, por esa misma razón, resultó en fracaso.

 

 

   La mayoría de quienes abandonaron el país se han sentido dolidos y airados ante las diversas pérdidas sufridas. Pero quizás y sobre todo, porque en el fondo entienden que actuaron irracionalmente, al no comprender que se trataba de un proceso nacionalista irreversible y quizás y sobre todo, porque entienden que han sido simples instrumentos de un gobierno cuyos intereses nunca fueron los suyos y muchos menos los del país donde habían nacido. El tiempo ha probado la irreversibilidad de ese proceso, gústele a quien le guste y pésele a quien le pese.

 

 

   Ante la realidad de los hechos, este 14 de agosto, tuve la pena de ver una vez más, cómo un grupo de gente, que ya no son ni la sombra de quienes conspiraron en los primeros años del proceso revolucionario, le caían a golpes con sus manos, a diversos símbolos del proceso revolucionario cubano. Lamentablemente, ninguno de ello es capaz quizás de aceptar que sus agresivas conductas, han causado mucha pena a millones de personas en Cuba.

 

 

   Es posible que algunos miles de quienes se fueron en los primeros años, con la esperanza que Estados Unidos invadiera la Isla para que ellos regresaran “seguros y contentos”,  hayan sufrido pena y dolor. No lo niego eso y pienso que nunca debió ser. Pero el sacrificio impuesto a millones de personas, supuestamente coterráneos suyos, es más discutible y más penoso.

 

 

   Hoy 14 de agosto, empieza un nuevo ciclo. Esperemos que Washington no vuelva  equivocarse.

 

 

    Así lo veo y así lo digo.

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