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Lunes, 16 de marzo de 2015

No pasa nada

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   No pasa nada, es una frase común en España.  No pasa nada.

 

 

   Las relaciones de Cuba y Estados Unidos son imparables.  Las algarabías formadas alrededor de encontronazos como el reciente ocurrido con Venezuela son parte del folklore.

 

 

    Los únicos que harán de las suyas para impedirlo serán un pequeño grupo frustrado, de cubanos de origen, que viven en Miami hace cincuenta años, incapaces de distinguir un ciudadano cubano de hoy de otro de cualquier país Suramericano.  Imagínense ustedes a un colombiano, peruano, dominicano o de otro país que regrese al suyo de origen, cincuenta años después.  Peor aún.  Imaginen que el personaje quiera dictar cómo debe ser el gobierno y cómo debe comportarse la gente de allí.  En fin, estos son los únicos opuestos a los nuevos tiempos y no dudemos que alguno quiera hacer feas y abyectas travesuras.

 

 

   Pero no pasa nada.  Las cosas han cambiado y hay que reconocer que el nuevo panorama de relaciones de Estados Unidos y Latinoamérica, pasando por las de Cuba, es parte de esos cambios.

 

 

    Un comentario que por lo general enfurece a un estadounidense, especialmente a los conservadores, es escuchar decir que Estados Unidos es un imperio.

 

 

     En realidad no es un imperio a la manera históricamente conocida, pero las políticas practicadas entre fines del Siglo XIX y a lo largo del XX lo asemejan.  De aquí que sociológicamente es correcto tildarlo de imperio.

 

 

   Estados Unidos en su devenir, desde la fecha señalada de fines del Siglo XIX, ha hecho en la práctica lo mismo que hicieron los grandes imperios, aunque por razones diferentes.

 

 

    La agresión foránea y la defensa territorial de regiones agrícolas adquiridas por civilizaciones pasadas, bien por su importancia económica o por su ubicación geográfica para practicar el comercio, terminó expandiendo los territorios originales creando en ocasiones vastos imperios.

 

 

    Era la forma más segura de protegerse.  De igual manera actúa Estados Unidos, excepto que su política ha estado determinada por un acelerado desarrollo económico, acompañado de una anomalía del crecimiento, ajeno a la práctica comunitaria que de maneras diversas acompañó a otros modos anteriores de producir.  La práctica capitalista sepultó los más elementales resortes comunitarios y no fue hasta el New Deal de Roosevelt y los sesenta en Europa que comenzaron a rescatarse algunas de ellas.

 

 

     Las civilizaciones pasadas lo hacían para defender sus predios y garantizar la supervivencia social y Estados Unidos, igual que un puñado de países desarrollados en rápido crecimiento, lo hacen para sostener una expansión productiva que supera sus propias posibilidades y garantizar un desarrollo superior a sus capacidades endógenas.

 

 

   Pero el crecimiento de regiones preteridas del planeta, comienza a transformar esa realidad y Estados Unidos está impelido a aceptarla como única manera de sobrevivir, cambiando las políticas cañoneras por la negociación de la palabra.

 

 

    Por eso, decir que el nuevo anuncio es para continuar por otras vías, el propósito de Washington de cambiar el curso del Estado cubano, carece de significado.

 

 

    Estados Unidos se expresa con el mismo lenguaje, pero ya no puede comportarse igual que cien o cincuenta años atrás.  A Cuba le sucede lo mismo.  Dice que todo sigue igual, pero al mismo tiempo hace reformas y abre puertas para debatir los derroteros.

 

 

    Los países desarrollados tienen en la actualidad más necesidad de sostener el desarrollo que de aumentar su patológico crecimiento.  A pesar de las amenazas que nos rodean, la llamada de turno es la negociación.  La Supervivencia de los poderosos de hoy está dada, más que por la imposición de sus políticas a los menos fuertes, por la necesidad de imbricarse económicamente con ellos, sacrificando crecimiento en aras de sostener su desarrollo, so pena de quedar aislados o exacerbar confrontaciones inútiles.

 

 

    Hemos dicho que no es mucho lo que puede hacer un Presidente estadounidense si se divorcia del Estado que sostiene su gobierno.  Ni siquiera una separación, para seguir hablando en términos conyugales.  Sin embargo hemos visto que Obama ha puesto en práctica algunas políticas heterodoxas.  Desde negociar con Irán a pesar de la fuerte oposición de un amplio sector sionista y otras presiones internas estimuladas por el oportunismo de un sistema que comienza a presentar fallas que demandan reformas; pasando por negociar con Assad y manifestar públicamente la necesidad de conversar, hasta el establecimiento de relaciones con Cuba.  La propia política respecto a Venezuela, dista mucho de la política cañonera practicada contra Noriega, de la agresión a Irak a principios de la década del noventa, la invasión a Cuba en 1961 y la ocupación de Irak y toda la política agresiva en contra del Medio Oriente.

 

 

    Esto sólo es explicable considerando que una parte del Poder comprende que los tiempos han cambiado.  No existe la más mínima posibilidad que un Presidente estadounidense aplique políticas extracurriculares por voluntad propia, imponiendo sus creencias al Estado por más genuinas que estas sean.  Sin el apoyo de un amplio sector del núcleo componente de ese Estado de Norte América, no es posible para un Presidente instrumentar políticas de tamaña envergadura.

 

 

   El imperialismo está vivo, pero los requerimientos que lo originaron han cambiado: ya no se trata tanto de crecer como de sostener su desarrollo y esto sólo es posible a través de políticas que amplíen los márgenes de crecimiento de los países emergentes y de acelerarlo en aquellos en vías de desarrollo.

 

 

    Falta camino pero sobra equipo para desbrozar el monte.  Por eso respecto a los últimos encontronazos de Estados Unidos y Venezuela, podemos decir como los españoles: "no pasa nada, ¡hombre!  No pasa nada" Así lo veo y así lo digo.

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