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Miércoles, 19 de febrero de 2014

Desigualdad y Guerra

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[Img #25562]   Hace un tiempo atrás, Joseph Nye asistente de la secretaría de defensa durante la Administración de Bill Clinton expresó lo siguiente.


   "Entre las lecciones que debemos aprender de los eventos de 1914 (se refiere a la guerra mundial) es ser cautelosos de aquellos analistas que intentan buscar analogías históricas, particularmente cuando vienen acompañadas del sentido de lo inevitable".


   "Las guerras nunca son inevitables, pero la creencia de aquellos que piensan que lo son, puede provocarlas".



   También pudiéramos decir que aquellos que piensan que es imposible evitarlas, contribuyen a causarlas.


  Esta última manera de pensar es típica de las mentalidades catastróficas, muy cercanas a quienes vaticinan el fin del mundo con la llegada del juicio final.


   En la reunión de Davos, Nouriel Roubini, economista graduado de Harvard, señaló determinadas situaciones que recuerdan las existentes antes de comenzar la Primera Guerra Mundial.


   Aun cuando no existe imperio Austro Húngaro, ni un Archiduque de Austria asesinado., Roubini manifestó que la tensa situación que se ha ido creando entre China y Japón es un indicio peligroso. Cuando así se expresaba recordaba las palabras del Primer Ministro Japonés Shinzo Abe, quien recientemente manifestó que el incremento de China en sus gastos militares, es una fuente de inestabilidad.


   El Ministro de Japón Abe, manifestó que sus declaraciones no se referían a lo inevitable de una Guerra. Por ser conocido como miembro de los halcones japoneses, hizo que muchos hayan interpretado así sus palabras.


   Roubini, ante la fama que tiene de proclamar cataclismos (y fue precisamente el primero en anticipar en detalles los sucesos de la crisis financiera comenzada entre el 2006 y el 2008), dijo que sus palabras tampoco significaban el anuncio de una conflagración.


   Todos estos pronósticos, unos más catastróficos que otros, vienen acompañados de una de las realidades más crueles que está creciendo como hierba mala en el mundo: la enorme brecha creada dentro de las sociedades, por una desigualdad rampante.


   Pero esto también crea fricciones entre países, porque las desigualdades se extienden a ellos y quienes más tienen, no sólo quieren preservar las riquezas acumuladas, aunque la mayoría hayan sido por medios dudosos, sino aumentarlas.


   No debemos restarle importancia a los problemas políticos derivados entre países y desconocer las zonas en conflicto, tanto Medio Oriente como la zona del Pacífico y quizás con mucho interés seguir el distanciamiento que cada día se amplía más entre Rusia y Estados Unidos de Norteamérica.


   La Guerra Fría siempre se planteó como un choque de ideologías cuando en realidad una de sus principales causas quizás radique en la idiosincrasia y la cultura imperial rusa, su autoritarismo y los hábitos de fuerza que son centenarios en la región. Stalin, más que un comunista de fe, firme creyente de ser el depositario de una concepción socio política que debía imponer, era por encima de todo eso un ruso, un cosaco, un exponente de la cultura de la fuerza.


  Esos vientos han regresado y están creando fricción con los intereses corruptos y los distorsionados manejos económicos de una sociedad que si bien nació de conceptos liberales que hoy no son las mejores soluciones, fueron la mejor visión de humanidad de aquel tiempo.


   Todos estos factores y elementos de otra naturaleza que pueden derivar en un instante de ofuscación humana en terribles catástrofes, han creado un mundo inestable que lleva en sí gérmenes belicosos.


   Pero el peor de los elementos con los cuales nos enfrentamos hoy, es esa desigualdad que venimos mencionando y de la cual hablan sirios y troyanos.


   Mucho ojo con esta anomalía, azote de la humanidad desde que surgieron los primeros Estados. Mucho ojo y muchas reflexiones desapasionadas, para tratar de deshilachar el horrendo manto con el cual nos quieren proteger de ese frío que se llama hambre, envidia, vanidad, revancha y concepciones ideológicas, que resultan más divisionistas que la propia desigualdad que combatimos.


   Así lo veo y así lo digo.


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