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Miércoles, 29 de enero de 2014

Desigualdad, la problemática de nuestro tiempo

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[Img #25001]   El tema de la desigualdad ha llegado a un punto de importancia tal, que no existe una sola reunión de gobiernos y hombres de negocios, donde el hecho no sea abordado con prioridad.


   Así ocurrió en Davos, Suiza, en La Reunión Anual del Forum Económico Mundial, donde el tema fue parte de la millonaria agenda de quienes allí se reunieron este año.


   Asistieron al evento 2,500 personas, de las cuales 1,500 son dirigentes mundiales de negocio.


   De acuerdo a 700 expertos que contribuyeron a organizar el Forum Global de Riesgo de la Economía Mundial, la enorme diferencia entre ricos y pobres, es el riego que, con mayores probabilidades, causará los más serios problemas en la próxima década.


   En Estados Unidos de Norteamérica el tema ha sido una constante en los discursos del Presidente y académicos e incluso de algunos millonarios y hombres de negocio como Bill Gates.


   Como ya expresamos en el anterior artículo, la desigualdad es el resultado de "requerimientos societales no satisfechos, que afectan a todas las clases por igual". Por supuestos las afectaciones realmente críticas que, en ocasiones, significan la diferencia entre la vida y la muerte, las padecen los pobres. En Latinoamérica la cifra de estos últimos anda rondando el 30%. En Estados Unidos, con las variantes que corresponden una sociedad hiperdesarrollada, esa cifra parece bordear los mismos niveles.


   La cuestión no se resuelve con pleno empleo y si siquiera con paliativos como aumento de salarios, sin que por eso renunciemos a presionar para que los gobiernos aprueben ajustes de esa naturaleza.


   En verdad estas cuestiones sólo se resuelven a través de la política. Porque no estamos lidiando con problemas funcionales de la economía, sino con políticas mal aplicadas o que son administradas por instituciones no representativas de la sociedad. En este caso, por las grandes corporaciones, quienes intelectualizan sus decisiones, basados en analistas económicos, cuyos únicos indicadores son las ganancias y el precio de productos, cuya necesidad de existir muchas veces son de dudosa veracidad.


   Más que el aumento de los salarios, una de las soluciones es establecer proporcionalidades entre las escalas salariales de los grandes ejecutivos y los obreros más simples, con lo cual los niveles medios quedarían incluidos.


   Hace poco fue publicado un informe de la diferencia entre el CEO de la compañía McDonals y los empleados. La diferencia asciende a la aberrante cifra de 1000 veces más, lo cual traducido a números significa que si el salario de uno de esos obreros es de $8.00 la hora, el del señor sería de $8000.00 por igual tiempo.


   Situaciones como estas se multiplican a niveles no imaginados, participando en ese festín de cuervos, millones de personas cuyas credenciales como dirigentes empresariales, personas de inventiva y dedicación, pueden ser formidables, pero ninguna de esas condiciones justifican esos niveles de desigualdad.


   No se trata de ser "compasivos" con los pobres ni de "despojar" a los ricos. Ambas acciones se sitúan en los extremos de posiciones ideológicas que han sido experimentadas y ninguna ha dado resultados.


   En su discurso de la Unión, el Presidente Obama insistió en estos aspectos e intentó ser realista, sin traspasar los límites impuestos por las circunstancias.


   En la reunión que tiene lugar en La Habana de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC), el Presidente Raúl Castro manifestó que el tema central de la reunión es "la lucha contra la pobreza, el hambre y la desigualdad".


   De esos tres aspectos, todos sabemos que la pobreza y el hambre son un resultado de la desigualdad rampante a la que ha dado lugar el sistema económico, administrado por la indiferencia colectiva de las corporaciones.


   Sabemos que desigualdades siempre han existido y que las luchas por erradicarlas han definido la historia. Pero ya no se trata de diferencias formales, relacionadas con la injusticia sufrida por grandes mayorías y parcialmente solucionadas en un devenir a veces feliz y otras veces trágico.


   Estamos en presencia de una desigualdad que, por el estadio alcanzado por los mecanismos naturales de nuestra economía, puede llegar a causar desajustes irreparables para la humanidad.


   En este forcejeo, por superar nuestros desequilibrios, no dejarán de aparecer personas que intenten encender ánimos incapaces de ofrecer soluciones.


   En estos días el señor Tom Perkins, prominente inversionista de Sillicon Valley, con una fortuna calculada en nueve mil millones de dólares, un yate de 150 millones y un reloj de $300,000.00, atacó despiadadamente a quienes protestaron en Wall Street, comparándolos con los nazis.


  Dijo que criticar al 1% más rico es una actitud discriminatoria y agregó que algunos pretenden presentar a ese sector como una minoría que debe desaparecer, igual que lo fueron los judíos en tiempos de Hitler.


   Dijo que quienes protestaron en San Francisco eran "kristalnacht", en referencia a los ataques contra vidrieras de los negocios judíos el 9 de noviembre de 1938 y agregó: "en 1930, cuando las críticas comenzaron aquel suceso, era impensable, de aquí la peligrosidad de estos grupos", agregó.


   El señor Perkins hizo público su planteamiento pero estamos seguros que existen muchos Perkins que no han hablado y pueden ocasionar mucho daño al proceso de encontrar soluciones.


   La desigualdad no es un fenómeno pasajero y en sus miles de años de existencia ha llegado a un estadio cancerígeno de fase tres. Todavía puede ser curado. Por eso es tan importante sumarse a los movimientos de protesta, a las campañas informativas que la denuncian y apoyar la creación de organismos regionales como la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe y destacar discursos como el Obama, aunque en la práctica no pueda hallar las condiciones de materializarlo.


  Así lo veo y así lo digo.

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