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Miércoles, 30 de octubre de 2013

Siria no es Libia y mucho menos Irak

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   En días atrás recordamos que el conflicto en Siria no pudo haber terminado por arte de magia una vez que Rusia se ofreció para mediar con el gobierno sirio, y Estados Unidos aceptó la proposición siria de entregar sus armas químicas.

 

   No se ha vuelto a mencionar el uso de armas químicas.

 

    Es indudable que la razón por la cual no se ha vuelto a hablar del asunto es, en primer lugar porque no se pudo precisar quién había hecho uso de las despreciables armas, aunque hay elementos para pensar que las hayan utilizado fuerzas rebeldes de la oposición y no precisamente el gobierno. En segundo término, porque es importante borrar del recuerdo colectivo aquellos aspectos que puedan crear opiniones desfavorables a la búsqueda de una solución del conflicto, la cual definitivamente no parece que será de índole militar. O sea, la idea parece ser despojar a Assad del traje de diablo que le habían puesto, aunque procurando no decir nada que pueda parece que se le intenta santificar.

 

    En los últimos días han aparecido algunas informaciones en la prensa oficialista indicando precisamente lo que, desde el principio ocultaron: las fuerzas que lideran la guerra en contra de Bashar al Asad, son de naturaleza letal. Un puñado de fanáticos que se organizan por momento, surgen y desaparece por encanto y que tienen grandes probabilidades de tomar el poder y destruir el estado existente, si fuerzas de carácter exógeno, lograran debilitar las defensas del gobierno.

 

    Aun cuando sabíamos por esa misma prensa que había grupos de Al Quaeda y otros semejantes en control de las llamadas fuerzas rebeldes, esa noticia nunca fue dimensionada hasta el punto que pudiera causar simpatías en los lectores hacia el gobierno legítimo de Siria. Lo decían porque eran evidencias difíciles de ocultar, pero el contenido de la información tendía de inmediato a destacar una supuesta existencia de fuerzas opositoras, con lo cual se iba “legitimando” ante la opinión, la aplicación de la filosofía depredadora washingtoniana para atacar militarmente a Siria.

 

    La idea de esa prensa, respondiendo a los intereses de Washington y a las pocas potencias aliadas que lo apoyan en sus políticas y participan de sus intenciones económicas en Medio Oriente, es procurar que la opinión pública mundial y especialmente la estadounidense, aceptaran cualquier medida militar que finalmente decidiera Washington, para destruir el gobierno de Assad.

 

    No tengo la intención de mostrar una posición a favor o en contra de Assad, porque la asimetría del desarrollo político y social del mundo en que vivimos nos impide la objetividad necesaria para juzgar culturas y evoluciones políticas de múltiples regiones del mundo, que llegaron tarde al reparto de la riqueza y por ende del conocimiento. Lo cual no excluye mi repudio a matanzas colectivas realizadas por cualquier estado, provengan de donde vengan y llevadas a cabo, ya sea en nombre del diablo o del espíritu santo.

 

    Cuando digo que esas regiones llegaron tarde para participar del conocimiento y la experiencia de sucesos históricos que cambiaron la faz de los gobiernos, me refiero a la distancia histórica que los separaba como regiones para participar en el devenir que comenzó alrededor del siglo XV, consolidado ligeramente en el Siglo XIX, donde el surgimiento de un manojo de estados – nación, desataron un caudal inmenso de variantes económicas y especialmente políticas y sociales.

 

    A pesar de declaraciones provenientes de Washington al inicio del conflicto en el 2011 proponiendo que Assad abandone el poder, los acontecimientos posteriores, ante la perspectiva de que las armas químicas sean entregadas a fuerzas pro estadounidenses y destruidas, ha moldeado ese discurso y en la actualidad no se escucha la salida de Assad como condición, aunque Washington manifiesta sus dudas de una posible salida al conflicto de la guerra con su presencia en el Poder.

 

    La existencia de fanáticos islámicos, que son jurados enemigos de Estados Unidos, entre los rebeldes que combaten al gobierno de Assad, ha contribuido a que el conflicto sirio no lo haya podido resolver Washington de la misma manera que lo hizo con Libia, donde logró eliminar físicamente a Khadafi, típico estilo de la democracia estadounidense cuando lidia con enemigos políticos desafectos. Todo indica que las condiciones en el caso del conflicto sirio, no posibilita semejante desenlace.

 

    De cualquier manera, lo importante es terminar la matanza, no importa quien quede o quien se vaya del poder. En paz las cosas siempre pueden resolverse para que los asuntos políticos alcancen su nivel. El progreso de las nacines sólo es alcanzable cuando funcionan en la tranquilidad dinámica de los debates y los desacuerdos cívicos.

 

   Sería bueno que cierta prensa de Miami, donde casi todos los presentadores están tan politizados que en lugar de razonar se convierten en máquinas propagandísticas de sectores de dudosa moralidad, dejen de buscarle la tercera pata al gato en el conflicto sirio.

 

   La realidad indica que parecen existir más excesos del lado de las fuerzas extremistas que combaten a Assad que por parte del gobierno, según las pocas noticias que recientemente han vuelto a aparecer y que nos suministran a cuenta gotas.

 

   La idea, al margen de favoritismos políticos, es buscar que termine la matanza y las cosas se hagan acorde con las realidades sirias y no con los criterios salvajes de tierra arrasada que se aplicaron en Irak.

 

   Siria no es Libia y mucho menos Irak

 

   Así lo veo y así lo digo.

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